Reflexiones

Del Rencor al Perdón y la Misericordia

"Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia"

Texto : Mt. 5, 43-48
Virtud : Misericordia, perdón.
Virus : Rencor, odio.

"También han oído que antes se dijo; ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen. Así ustedes serán hijos de su Padre que está en el cielo; pues Él hace que su sol salga sobre malos y buenos, y manda la lluvia sobre justos e injustos. Porque si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué premio recibirán?, hasta los que cobran impuestos para Roma se portan así. Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? Hasta los paganos se portan asi. Sean ustedes perfectos, como su Padre que está en el cielo es perfecto".

Misericordia es ver con los ojos del espíritu la miseria que hay en el hermano y al verla, amarlo como Jesús lo ama, aceptándolo tal como es, perdonándolo setenta veces siete, perdonándolo siempre y seguirlo amando como si nada hubiera pasado.

Una de las premisas dadas en la antigua ley era amar a tu prójimo pero odiar al enemigo. Jesús vino y cambió totalmente esta concepción y dijo: "amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen; así ustedes serán hijos de su Padre que está en los cielos".

Él nos pregunta: ¿si ustedes aman solamente a quienes los aman, qué premio recibirán?

Podríamos decir que es muy fácil amar a quienes nos aman. Piensa en personas lindas que te aman mucho; es fácil amarlas también, ¿verdad? No hay que hacer esfuerzo, es agradable y fácil amarlas. Pero amar a aquellos que no nos aceptan, que nos critican, que nos rechazan, que hablan mal de nosotros, eso sí es para verdaderos cristianos valientes.

Jesús coloca un ejemplo muy claro de lo que significa la misericordia:

En Lucas 10,30-35 nos cuenta Jesús una parábola. Dice: "A un hombre que descendía de Jerusalén a Jericó lo asaltaron unos bandidos, lo golpearon y se fueron dejándolo medio muerto... pero un hombre de Samaría que viajaba por el mismo camino, al verle sintió COMPASIÓN (= MISERICORDIA). Se acercó, le curó las heridas con aceite y vino, le puso vendas, luego lo subió en su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. Estuvo esa noche con el que fue golpeado. Al otro día sacó dos monedas, se las dio al dueño del alojamiento y le dijo: cuide a este hombre; si gasta algo más yo se lo pagaré cuando vuelva".

Esta Parábola nos muestra qué es y hasta dónde va la misericordia. Jesús termina la parábola diciéndonos: "pues ve y haz tú lo mismo".

Cuando Jesús ve nuestra miseria, nuestra debilidad, nuestro pecado, desborda su corazón de tal manera sobre el nuestro, que lo envuelve con un manantial abundante de amor, lo limpia y lo sana totalmente, gratuitamente.

Ahora, mira tu historia: ¿cuántos pecados has cometido hasta hoy?, ¿cuántas veces los has confesado? Y analiza ¿cuántas veces has sido rechazado por Dios? ¿cuántas veces has escuchado de Él que ya no eres su hijo, que ya no hay Dios para ti? Nunca lo escucharás de la boca del Padre. Más bien dice en su Palabra, que muchas veces entre más te llama, más te apartas de El. Aún así, te espera, te guía, te enseña a caminar, te cuida. Dice la escritura:

"... con lazos de ternura y cuerdas de amor te atrae contra su pecho y te acerca a sus mejillas como si fueras un niño de pecho". (Oseas 11).

El Señor es Misericordioso, lento a la ira y rico en Misericordia. En Él encuentras la misericordia día y noche. Él mismo le dijo a la mujer pecadora: "yo tampoco te condeno, vete y no peques más"; Jesús misericordioso le dio la libertad. En otro pasaje, en boca del profeta Isaías dice: "Aunque tus pecados sean como el rojo carmesí, yo los dejaré blancos como la nieve". (ls,1)

¿A cuántas personas ha sacado del abismo, a cuántas ha levantado de la nada, a cuántas personas pisoteadas les ha dado un puesto de honor? ¿A cuántas ha perdonado sus pecados?

El abre sus brazos de Padre y nos acoge en su corazón Santo para que nosotros también seamos Santos: "Sed Santos como mi Padre es Santo"; y es Santo el que vive anidado en Jesucristo a través de su Espíritu. Santo es el que es misericordioso, como el Padre es misericordioso.

Pregúntate en éste momento: ¿realmente te has dejado amar por Él?, ¿has experimentado su misericordia para que puedas ser misericordioso? Un hombre o una mujer misericordiosa es aquella que va más allá del perdón, perdona la ofensa y sigue amando aún más.

Muchas veces dentro del corazón se van anidando los virus: el orgullo que no nos deja ser humildes; el virus de la violencia que nos impide ser mansos y dóciles a la guía del Espíritu y de la Palabra; aparece igualmente el virus del egoísmo que nos hace pensar solo en nosotros mismos y no en la otra persona; y todo este paquete de maldad crea ese resentimiento que muchas veces llega al odio y la amargura y aunque hagas esfuerzo, no puedes perdonar ni sembrar misericordia. Es necesario por tanto fijar los ojos en Jesús y exclamar:

¡Señor, ayúdame a recibir tu perdón y a llenarme de tu amor, y regálame la gracia del perdón!

El corazón del discípulo de Jesús tiene como centro de su experiencia el amor. En la Palabra vemos claramente como Dios le da prioridad a la Misericordia y a la compasión. Dios es misericordioso con su pueblo. La misericordia de Dios no excluye la corrección paterna de parte de Él, ni tampoco la corrección fraterna entre los hermanos.

La llave de la sanación está en el perdón, que es la expresión más grande del amor. ¡Qué maravilla! Perdonar en el Amor y ¿quién es el amor si no Jesús mismo? El perdón a través de Jesucristo con la fuerza del Espíritu es el perdón más puro y eficaz de los perdones. En estos casos el recuerdo puede quedar, pero ya no hay dolor, hay sanación. Él mismo dice, a través de Pablo, en la primera carta de los Corintios en el capítulo 13: "Si hablo las lenguas de los hombres y aún de los ángeles...". Pero podríamos parafrasear diciendo que puedes tener todas las virtudes, los dones, ayudar a otros y hacer muchas cosas especiales, pero si no perdonas, si no tienes misericordia, estás muerta o muerto espiritualmente. Aquí los títulos, los triunfos, las medallas que has ganado, los aplausos que has recibido, no tienen ningún valor si no están acompañados del don de la misericordia. "Misericordia quiero más que sacrificios y conocimiento de Dios más que holocaustos".

Recordemos que al final de los tiempos nos examinarán en el amor. No te preguntarán cuántas prácticas religiosas haz hecho; el examen final será cuánto me parezco al corazón misericordioso del Padre . El apóstol Santiago nos recuerda que "Juicio sin misericordia se hará para aquel que no tuvo misericordia, pero el Misericordioso será aprobado en el juicio" (Stg 2,13).

La clave es que Él es el Padre de la misericordia (Cor 1, 2-3). Nos muestra su rostro vivo y nos dice que podrá derramar su amor infinito cuando estemos permanentemente en su presencia, y saldremos de allí impregnados de ese amor contagioso que nos llevará a tener la misma compasión con nuestros hermanos, sobretodo con aquellos que no son de nuestro agrado, con nuestros enemigos. Esta es la forma como Jesús puede ir transformando el corazón de los más endurecidos.

¿Quién de nosotros no necesita misericordia? ¿Quién no ha tenido momentos en los que ha fallado? ¿Momentos donde ha dado pasos en falso?

No podemos olvidar esa escena trascendental del Padre misericordioso, que abriendo los brazos corrió a acoger al hijo pródigo que decidió volver a casa después de pecar; lo acogió de tal manera que los cielos retumbaron de alegría. Así mismo te acoge el Padre a través de Jesús y esa misma alegría hay en el cielo cuando tú acoges, perdonas y siembras misericordia con aquel que te ofendió.

Un Hombre conforme al corazón de Dios.

El rey David fue un hombre conforme al corazón de Dios. Cuenta la escritura en el libro de Samuel, que el rey Saúl, en el desespero de haber perdido el Espíritu de Dios a causa de la desobediencia al Señor, y haber sido poseído por un espíritu maligno, busca a alguien que sepa interpretar tonadas musicales; encuentra a David, que además de ser un guerrero valiente, hablar con sensatez, ser bien parecido y contar con la ayuda del Señor, sabía interpretar el arpa brillantemente. La esperanza de Saúl era que cuando fuera atacado por el espíritu maligno, la alabanza alejara el mal que sentía.

David se presentó al rey Saúl y quedó a su servicio tocando la cítara y sirviendo en el ejército del rey; Saúl llegó a estimarlo muchísimo. David realizó grandes proezas en la lucha con los filisteos y se convirtió en héroe nacional, de tal manera que a su regreso a la ciudad la gente lo aclamaba gritando; "Saúl mató a mil y David a los diez mil". Esto molestó mucho a Saúl y empezó a tener recelo con David, de tal manera que en uno de los ataques del espíritu maligno, Saúl se puso como loco dentro de su palacio y con su lanza intentó matar a David; luego le encomendó misiones muy difíciles para que los filisteos lo mataran, pero El señor le ayudaba siempre a David porque era fiel. Saúl llegó a tenerle mucho miedo y se convirtió en su eterno enemigo.

Estalla la guerra y David sobresale, cosa que no resistió Saúl y ésta vez David pudo esquivar la lanza que quedó clavada en la pared, motivo por el cual David huyó al desierto y se quedó a vivir en unas fortalezas a manera de cuevas. Terminada la guerra Saúl parte con tres mil hombres hacia las fortalezas de Engadi donde se encontraba David. En su camino llegó a unos rediles de ovejas, cerca de los cuales había una cueva en la que estaban escondidos David y sus hombres. Saúl se metió en ella para hacer sus necesidades. Y los hombres de David lo alertaron diciéndole que Dios lo había puesto en sus manos para matarlo. Sin embargo -y esto es lo importante- David solamente se aproximó a Saúl y cortó un pedazo de la capa del Rey y le dijo a sus hombres: "EL SEÑOR ME LIBRE DE ALZAR MI MANO CONTRA MI SEÑOR EL REY". Y allí tuvo la mayor muestra de misericordia y perdón que se haya visto en Israel. Cuando Saúl se alejó un poco, David le gritó: ¡Majestad¡ ¡Majestad! Saúl miró hacia atrás y David inclinándose hasta el suelo en señal de reverencia le manifestó que no quería hacerle mal y mostrándole el pedazo de su capa le dijo que respetaba el nombramiento que Dios había hecho sobre él como rey, por lo cual jamás levantaría su mano sobre él.

EL Rey se echó a llorar y le dijo: "ME HAS DEVUELTO BIEN EN CAMBIO DEL MAL QUE TE HE CAUSADO" "QUE EL SEÑOR TE PAGUE CON BIEN LO QUE HOY HAS HECHO CONMIGO". David fue grandemente bendecido por el Señor y fue llamado un hombre conforme al corazón de Dios, porque fue un hombre totalmente misericordioso. Fue un hombre que perdonó a Saúl, aunque éste vuelve a perseguirlo para matarlo. David nuevamente lo perdona cuando encuentra a Saúl dormido en el campamento en el centro de la tropa, con su lanza hincada en tierra al lado de su cabecera. Aunque su ayudante le pide que le deje a él matarlo y clavarlo en tierra con su propia lanza, David, el hombre de la Misericordia, solamente toma su espada y su jarra de agua y sale. Nadie se despertó porque Dios había hecho entrar en un sueño profundo a todo el ejército. Luego David en voz alta grita a Abner, el que protegía al rey, que busque la lanza y la jarra de agua. El rey reconoce la voz de David y le dice: "¡David, hijo mío reconozco que he pecado! Me he portado como un necio y he cometido un gran error, pero regresa que no volveré a buscar tu mal, ya que en éste mismo día has mostrado respeto por mi vida. David dice: ... así como he respetado la vida de su majestad, quiera el Señor respetar la mía y librarme de toda angustia". Así lo hizo El Señor porque el que siembra misericordia cosecha misericordia.

Saúl le da una hermosa bendición que se cumplió al pié de la letra: Bendito seas ¡David hijo mío! Tú emprenderás grandes cosas, y ¡tendrás éxito en todo! Y así fue, aún en los momentos en que David pecó y se arrepintió profundamente; el Señor perdonó su pecado y lo bendijo generación tras generación. De allí nació el salvador. Saúl y sus hijos mueren en la guerra y David es proclamado rey de Israel. El Rey más misericordioso de toda la historia.

La misericordia es la virtud que nos hace tener compasión de los males ajenos y nos impulsa a ayudar y a perdonar. La misericordia es la expresión del amor; por tanto es una decisión, no es un sentimiento. Misericordia es tomar la decisión de acercar al otro a Dios por medio del perdón que le das. Cuando perdonas das lo mejor que tienes: el amor, y lo haces para que él también tenga el mejor tesoro: JESUCRISTO.

EL VIRUS QUE IMPIDE QUE SEAS MISERICORDIOSO ES: EL RENCOR

El virus que no permite que entre el amor de Dios en el corazón es el rencor, el odio, la amargura. Una persona rencorosa es una persona que vive con un cáncer en su corazón; todas las arterias y venas espirituales están tapadas y por lo tanto no puede fluir la savia que da la vida.

La persona que permite que se acumulen rencores en su corazón es una persona triste, no tiene gozo en su alma; aunque esté muy bien arreglada, tenga muchos proyectos y éxitos en su trabajo, no encuentra la paz en ninguna parte; su sueño no es plácido porque sus pensamientos rondan el corazón con sombras de venganza y desasosiego interior. Fácilmente puede explotar en ira, agresividad o sumirse en una depresión; el desgaste de su cuerpo, de sus nervios y de su vida emocional y espiritual se puede ver fácilmente. Pero una persona que decide perdonar, perdonarse y pedir perdón, es una persona que empieza a tener una vitalidad impresionante, una bendición abundante y sobretodo una paz que sobrepasa todo entendimiento.

La llave para alcanzar la sanación es el perdón. Si tú no perdonas, sigues enferma o enfermo de una enfermedad que lleva a la muerte en vida. ¡Qué pesar! Hombres o mujeres que habían nacido para algo grande, para ser líderes alegres y comprometidos, se ven tristes y anquilosados envueltos en el rencor. Familias donde los padres no se hablan, solo se gritan y pelean, hermanos que no se pueden ver, vecinas que viven en guerra, hombres y mujeres que llevan cargados rencores desde hace muchísimos años y que aún duermen con ellos, comen con ellos en su pensamiento, naciones enteras que se hacen la guerra, odios, odios y más odios. ¿Quién puede vivir así? ¿Quién puede respirar así? Muchos caminan por las calles pero no saben que están muertos porque conviven día y noche con el rencor y la amargura.

Reflexionemos un momento: ¿Quién sufre más, el que odia o el que es odiado? Posiblemente ambos pero de pronto el que es odiado está por allá muy divertido y tú desgastando tu cuerpo, tu alma y tu espíritu. Esa cadena en el corazón no te permite ver las perlas que hay en ti; te oscurece el pensamiento y los proyectos tan lindos que puedes hacer quedan frenados para siempre. Así nunca sabrás para qué viniste al mundo. Naciste para algo grande, naciste para triunfar y hacer triunfar a otros, y un desdichado rencor te anuló.

LOS TRES PASOS CLAVES DEL PERDÓN

1. Aceptar el perdón de Dios

Quizás has encontrado cosas en tu vida personal, que allá en tu soledad te estremecen por dentro; pecados que cometiste que no te perdonas nunca y por los cuales más bien te recriminas permanentemente. Quizá hasta los hayas confesado, pero aún no has aceptado el perdón de Dios y sigues cargando con culpas que rasgan tu alma y no te dejan vivir. Vivir bajo la culpa es vivir rodeado de muerte. Es necesario y fundamental que creas que la sangre que derramó Jesús en la cruz fue por tus pecados; que Él ,que es el Padre de las Misericordias, perdona todos tus pecados y los olvida totalmente. Acércate al sacramento de la reconciliación y ya no sientas vergüenza; acepta con humildad que te equivocaste, pero acéptalo de una vez por todas y déjate amar con Su ternura. Acepta el perdón. ¡Tú solamente da gracias!

2. Perdonar a quién te ha ofendido

Los misericordiosos obtendrán Misericordia, alcanzarán Misericordia.

Es posible que vengan a tu memoria recuerdos de agresiones, injusticias, violencia de palabras que afectaron inmediatamente tu genio, que te hacen sufrir, llorar y sientes rabia acumulada porque te hicieron mucho daño. Pero si quieres vivir y permitir que tu alma respire, que no envejezcas prematuramente, que puedas realizar un proyecto en tu vida que valga la pena y para el cual Dios te dotó de todas las capacidades, debes tomar la decisión de perdonar por encima de todo.

Cuando una persona te falla, queda en tus manos para que la rechaces y la trates con dureza, o para que la perdones y la acojas con misericordia. Ahora recuerda personas que están en contra tuya, personas que te han hecho mucho mal. Recuerda también personas que te han perdonado.

¿A cuántas personas has sacado de tu corazón? ¿A cuántas personas has dejado de amar? ¿De ayudar? ¿De consolar? ¿Alguna hermosa relación que tenías está resentida?

ENTREGA AL SEÑOR TODOS ESOS SENTIMIENTOS QUE TE ESTÁN CAUSANDO DOLOR. Seguramente preferirías que nunca hubieran pasado, pero lamentablemente ya pasaron y a quien más están haciendo daño esos recuerdos es a ti y a tu familia. El primer paso que debes dar es quitar la mirada de la circunstancia y mirar al Padre. Seguramente le dirás: yo no puedo perdonar, mis fuerzas no me lo permiten, pero quiero sanarme Padre, ayúdame con la fuerza del Espíritu. Dile: Tú eres Misericordioso por excelencia. Tú me hiciste a tu imagen y semejanza. Yo quiero acoger como tú, amar como tú, ser como tú. Luego, con una gran dosis de humildad y mansedumbre recibirás la fuerza de lo alto y tomarás la decisión de perdonar. No pienses en si sientes o no sientes perdonar, sino toma una decisión ante Dios y ante la persona. Es hacerlo en nombre de Jesucristo.

La sanación vendrá junto con el acto de perdonar y seguirá dándose luego, a veces un poco lento, otras veces más rápido, pero siempre llegará y restaurará tu corazón. El recuerdo estará pero el dolor se irá y lo más importante es que la fuerza, la sabiduría y la visión volverán y empezarás a ser una nueva persona, empezarás una nueva siembra. Es necesario dejar obrar al Padre con su amor para lograr reconciliarte con alguien y sentir el gozo que brota de una reconciliación.

La Misericordia es una actitud permanente, una decisión que sólo tú puedes tomar. Él lo enseñó con su ejemplo: ¡Los amó hasta el extremo!. También dijo "Si alguien quiere seguirme, niegúese a sí mismo, tome su cruz y sígame".

Piensa en este momento: ¿cómo puedes tú ser misericordioso contigo mismo, con tu pareja, con tus hijos, con tus familiares, con tus amigos; cómo puedes ser más tierna o tierno en tu familia? Dile al Señor que quieres asumir esa palabra de Isaías 42 donde dice: "No quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha que arde débilmente..."; es decir que no le caerás al caído, sino que lo levantarás con misericordia y que te convertirás en la persona más misericordiosa de la tierra, serás conforme al corazón de Dios.

En el Padre Nuestro está la clave: "Perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Por tanto, perdona si quieres ser perdonada o perdonado.

Basta imaginar a Jesús en la cruz. Sus discípulos habían huido y sólo quedaban el discípulo amado y su madre; los demás se burlaban, y el oró: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen".

Revisa a quiénes debes perdonar:

A tus padres por lo que hicieron contra ti, consciente o inconscientemente (aclarando que declaramos a nuestros padres inocentes); no los culpamos, más bien los bendecimos, pero es necesario detectar heridas hechas al corazón que redundarán en bendición para todos. Di: perdono a mis padres por las heridas que me causaron consciente o inconscientemente; por los momentos de soledad que sentí; por la falta de comprensión en tal momento, por no sentirme consentida o consentido y estrechado entre sus brazos; y busca otros motivos por los cuales perdonas de corazón a tus padres. Esto sana tus raíces y tu historia y te permite fluir con libertad. Realiza éste mismo ejercicio de perdón pensando en tus hermanos, tu esposo o esposa, tus profesores, compañeros, novio o novia, familiares, jefes etc.

3. Pedir perdón

Ir hacia el otro y pedir perdón no es fácil para los orgullosos, los prepotentes, los altivos; pero es muy fácil para el que reconoce que no es perfecto, que puede equivocarse, que necesita de otros y que el hermano es también un hijo de Dios. Lo justo ante los ojos de Dios es que no carguemos con ningún muerto en el corazón, con alguien a quien le hayamos quitado nuestros afectos, con alguien con quien somos indiferentes. Más bien que amemos a todo el mundo y que vivamos en paz y armonía. El único camino a la paz es el perdón. El Espíritu Santo es especialista en darnos las fuerzas para hacerlo como Jesús lo hizo.

El grande en el Reino de los cielos es el humilde que pide perdón. "El que se humilla será ensalzado". Pedir perdón es permitir que fluya nuevamente el río de la gracia a través de la persona, de la pareja, de la familia y por tanto de toda la iglesia.

El primer perdón que debes pedir es a Dios en el sacramento de la reconciliación, donde recibes esa maravillosa gracia de sanación y salvación. Dile que Él es misericordia por excelencia y que te ha hecho a imagen suya. Dile que quieres ser perdonador como Él, que quieres ser humilde y manso de corazón y pídele perdón.

El segundo perdón es a ti misma o a ti mismo por todo lo que menosprecias la obra de Dios que eres tú. Pide perdón por todas las veces que te has menospreciado, flagelado, insultado y por todas las veces que has atentado contra tu cuerpo o contra tu espíritu.

El tercer perdón. Luego haz una lista y escribe una carta, o preferiblemente ten un diálogo personal con cada una de las personas a quien hayas ofendido en tu familia y fuera de ella, y expresa con tus palabras: "yo te pido perdón" -pero sin justificar nada. Simplemente yo te pido perdón por tal y tal actitud; ojalá puedas decirle además, que lo quieres o la quieres y que la necesitas. En ese momento empezará a fluir nuevamente la vida y el amor. Recomendamos empezar por el esposo o esposa para que la bendición sea regada desde arriba como lo dice el salmo 133.

Es muy importante detenerse luego en los hijos. Las heridas causadas por los padres en el corazón de los hijos dejan huellas muy hondas que necesitan ser sanadas urgentemente. El profeta Malaquías exhortaba al pueblo con vehemencia: "Que los Padres vuelvan el corazón a los hijos y que los hijos vuelvan el corazón a los padres antes que sea demasiado tarde" Mal 4:6

Jesús centralizó la misericordia en el perdón, en la acogida, en la ayuda eficaz. Jesús es el modelo del misericordioso. Toda su actitud es de misericordia: "Y al ver la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban golpeadas y desamparadas como ovejas que no tienen pastor". Mt 9,36.

Abrimos nuestro corazón a la persona más necesitada. La acogemos como acogió Jesús. Sentimos la miseria de ella, sus necesidades y debilidades y la hacemos nuestra. Le damos una ayuda eficaz. La llevamos a los pies de Jesús.

El misericordioso es perfecto ante los ojos de Dios, porque es el amor entrañable y perfecto del Padre. El misericordioso tiene que ser Humilde, Manso, Quebrantado, Justo, Limpio de Corazón, Hacedor de paz y Valiente, es decir, debe vivir el espíritu de todas las Bienaventuranzas porque las Bienaventuranzas son un solo rostro: El rostro del Padre a través de Jesucristo en el Espíritu Santo. Nada menos y nada más sublime que el Rostro de la Trinidad.

LA PROMESA:

Obtendrán Misericordia, alcanzarán Misericordia siempre.

Verán manifestaciones muy claras de la ayuda decisiva de Dios en la vida cotidiana en su casa, con sus hijos; en las dificultades sentirán su compañía, el abrazo tierno y permanente de su Espíritu, en la economía, en los proyectos... en todo y especialmente cuando nos presentemos ante el trono de la gracia al final de nuestra vida terrena, Él nos salvará y nos permitirá gozarnos de las delicias de su reino celestial. ¿No les parece extraordinariamente maravilloso luchar por ser como el Padre de las Misericordias? La fuerza y el poder del Espíritu hará ese milagro en nuestra vida!

El secreto de ésta Bienaventuranza: Siembra misericordia y cosecharás misericordia.

TRABAJO PARA PRACTICAR E INTERIORIZAR:

  1. ¿En qué aspectos te sientes perdonado por Dios y en cuáles aún sientes culpa?
  2. ¿Estás amando a tus enemigos? ¿Estás orando por ellos? Escribe una oración donde pidas que Jesús reine en el corazón de ellos.
  3. ¿Estás pidiendo perdón en el mismo día a quienes ofendes? ¿Cómo te sientes?
  4. ¿Tienes pendiente pedir perdón a alguien? ¿Hay alguna persona a quien hayas sacado de tu alma como si hubiera muerto para ti? ¿Cómo vas a aplicar la misericordia con ella?
  5. ¿Disfrutas de la gracia del sacramento de la Reconciliación con frecuencia? Si tu respuesta es no: ¿Qué te impide hacerlo? Si tu respuesta es sí: ¿Qué experimentas?
  6. ¿Cómo estás sembrando misericordia en tu familia y amigos para cosechar misericordia?
  7. Teniendo en cuenta el ASPECTO CLAVE de la primera columna, desarrollar el siguiente cuadro sobre el perdón:

ASPECTO CLAVE QUÉ IMPIDE ESTE PASO QUE BENEFICIOS TRAE
Perdonarse 
Perdonar 
Pedir perdón 


Si el desarrollo de este tema te ha mostrado que debes dar pasos de perdón y reconciliación con alguien, escríbele una carta y pídele al Espíritu Santo que te ayude a propiciar el momento para hablar con esta persona y hacer vida esta Bienaventuranza.

Si por alguna razón definitivamente no puedes hablar con la persona después de escribir la carta, haces una oración y quemas la carta como un signo. Recuerda que el perdón trasciende la muerte.