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Reflexiones

Los "sonidos de Dios" en el adorador

Por: Luis Fernando Castro Parra - Teólogo PUJ
 
Luis Fernando Castro

"Entrad, rindamos homenaje inclinados, ¡arrodillados ante Yahvé que nos creó! Porque él es nuestro Dios, nosotros somos su pueblo, el rebaño de sus pastos." (Salmo 95, 6-7).

El invitatorio del salmo 95 es una alusión no sólo a alabar al Buen Dios por lo que Él hace; además, llama a tener un acto de adoración, reverencia, honra y servicio al Señor. Es decir, una vida integral sumergida en el Espíritu, una vida fundamentada en las acciones del Hijo que agradó, confió y miró siempre al Padre con amor, cariño y ternura. Quien no escatimó nada por mostrar que el culto verdadero de la adoración a Dios está en Amar sin límites, sin condiciones.

Los “sonidos de Dios” en el adorador son vibraciones o lenguajes del amor que brota de lo profundo de su ser, haciendo de la adoración algo no superficial o estático. Por el contrario, mueve a tener un verdadero estilo de vida ideal en el que se reconoce lo que es Dios para su vida, su familia y todos aquellos que le rodean, con quienes se comparte en el quehacer cotidiano de la vida, donde se impregna el aroma y el perfume que viene y procede de lo más precioso del corazón del mismo Dios, creando lazos de esperanza, unidad, reconciliación y paz.

Y decimos que la adoración es un estilo de vida porque hay el anhelo, el esfuerzo de llevar siempre en sus pensamientos, palabras y obras a quien es el Amor (1 Jn 4,8). Esto no sólo motiva a vivir en santidad delante de Él, (2 Cor 7,1), también significa que el adorador no sólo se deja impregnar y maravillar del Amor de Dios en su lugar secreto o de oración, sino que comparte esa presencia divina con las personas que ama y con aquellas a las que debe amar más. Dirá el profeta Isaías… que aunque la oscuridad cubra la tierra y la noche envuelva a las naciones su gloria brillará sobre ti (60,2).

Algunos pueden pensar o pretender querer adorar a Dios con un estilo de vida indiferente o sin ningún compromiso, lo cual conduce a entender una adoración falsa fundamentada en la ignorancia, pues quien no ama no ha conocido a Dios (1 Jn 4,8), y por ende, no podrá adorarle en Espíritu y en verdad (Jn 4, 23). Quien adora escucha los “sonidos de Dios”, en su corazón, en la palabra de Dios, en las circunstancias y situaciones diversas de su vida y, también en la voz de los hermanos, de la comunidad y de la familia. Por eso, la adoración no es una costumbre, sino una vida espiritual en la que con corazón humilde se siente siempre necesitada de beber del amor de Dios, para trasformar lo que está oscuro en gran luz, lo que está triste en alegría y gozo, lo que es desesperanza en consuelo y lo que parece muerto en vida.

Que como hacedores de paz, amor y vida, llenemos de una atmosfera divina el mundo por el que seguimos caminando, sin reservas para servirle exclusivamente a Él (Rm, 12.1). Pidamos la presencia adorable del Espíritu Santo para que llenos de ese amor del Padre y del Hijo nos ayude para ayudar a otros, y en ese acto agrademos y adoremos al Buen Dios que es todo Amor y toda misericordia por nosotros. Que la intercesión de María, mujer adoradora que agradó al Padre y llena del Amor de Dios, ejemplo de vida ideal para nosotros, proclamemos y cantemos al mundo, a la comunidad, y a la familia, las grandezas del Señor.