Reflexiones

“¡Ay de mi si no anuncio el Evangelio!”

(1 Cor 9,16)

Por: Nelly Rincón

Como católicos comprometidos, reconociéndonos miembro de la Iglesia universal, la humanidad espera que nosotros evidenciemos la presencia del Espíritu de Dios en nuestro compromiso con el anuncio del Evangelio, es decir, llevando la Buena Nueva del Evangelio a las familias, parroquias y comunidades.

En el mes de Octubre en que la Iglesia Católica lo dedica mundialmente a las misiones, nos unimos como hermanos en el mover del Espíritu Misionero para “echar las redes” y afianzar los lazos fraternos con los hermanos que aún no conocen el Evangelio.

Igualmente nos unimos a la animación misionera propia de este mes, con nuestras oraciones, ayuno y especialmente con el aporte económico, para contribuir a que el mensaje de salvación llegue hasta los confines de la tierra. Así, el 21 de octubre domingo en que tendrá lugar el tradicional Domund, día mundial de las misiones, recordemos que la colecta de este día se destina para la misión universal.

Todos los miembros de la Iglesia tenemos un compromiso misionero, porque Jesús así lo estableció en Mateo 28,18-20: “Haced discípulos a todas las gentes” y porque brota del anhelo de todos los creyentes, de que su obra salvífica se conozca.

En el encuentro del Resucitado con sus discípulos, en los últimos versículos de su Evangelio, Mateo resalta la importancia de la predicación de la Buena Nueva y tras una breve narración  de la marcha de los discípulos a Galilea como Jesús les había indicado, y a su encuentro y a pesar de sus dudas, lo “adoraron”. Resuenan en nuestros oídos con gran fuerza las palabras que Jesús les dice, donde se ven claramente su autoridad, el mandato misionero y la promesa de su presencia permanente entre nosotros hasta el fin del mundo (vv.18-20).

Cuando Jesús habla les infunde ánimo a los once discípulos que están allí con Él, recordándoles el poder y la autoridad que se le ha concedido: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra”. Ese poder y autoridad  conferido por Su Padre ya venía muy activo en su vida pública cuando perdonaba los pecados, sanaba a los enfermos, liberaba a los endemoniados y hablaba del Reino de su Padre. Es un poder sin precedentes, sin ningún límite, tanto que ahora se lo transmite, no solo a sus discípulos sino a todo bautizado para que vaya a predicar.

Es así como muchas comunidades hemos ido asumiendo esta responsabilidad, el mandato misionero, y como Pablo, decimos, “Ay de mi si no predico el Evangelio”. Lo cual, aunque suena a obligación, que de hecho lo es, debe ser más consecuencia del obrar de Dios en la conciencia de la persona, de la experiencia de amor que suscita el encuentro con el Resucitado y de la fuerza del Espíritu Santo quien dinamiza, lo mueve a la misión.

Así es, anunciar el evangelio es un deber, una obligación que nos concierne a todos los  cristianos, que bautizados hemos sido nombrados profetas y se nos  ha dado la fuerza del Espíritu Santo para ser enviados a evangelizar. Todos los católicos somos discípulos misioneros en virtud de nuestro bautismo, enviados por el mismo Jesucristo a las naciones, pero podemos comenzar por casa, con los vecinos, compañeros de trabajo. Podemos dar testimonio con nuestro comportamiento, con nuestra vida.

La misión no es solo tarea de unos cuantos, como los sacerdotes o religiosas, es de todos y debemos hacerlo, porque ¿Cómo puede creer la gente sin que alguien les hable de Cristo? (Rom 10,14). Esta es la maravillosa y sublime misión que nos encarga el Señor. Hemos recibido la urgente misión de anunciar el Evangelio. Nuestra comunidad tiene la hermosa misión de anunciar la esperanza en medio de la desesperanza que se presenta actualmente en el mundo. La Encíclica Redemptoris Missio nos recuerda que la misión está aún lejos de cumplirse (cfr. n.1), y nosotros debemos contribuir a que cada día sean menos personas sin El Evangelio y por eso debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio.