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Reflexiones

Interceder no es una opción

Por: María Adix Marín

Jesús intercesorEl Ministerio de Profetas en la Comunidad Hombres y Mujeres de Futuro consta de dos importantes áreas: Intercesión y Alabanza. Dos áreas  que dependen del mismo cuerpo que con la fuerza y poder del Espíritu Santo van hacia el corazón de Dios, llevando consigo muchas almas.

Alabanza: nace de la percepción de la grandeza divina; es la expresión de Júbilo que se siente cuando se reconoce que Dios es solo uno.  Sal. 57, 7-11 “Dios mío, tú estás por encima del cielo. Tu gloria llena toda la tierra.

Interceder o mediar: Nace de la percepción de la pobreza humana; es la necesidad de un Jesucristo vivo en mi vida y en la del hermano. Interceder no es una opción, es una necesidad. Hay muchos planes y propósitos de Dios que nunca se realizarán por falta de intercesores. Jesús también habló de la necesidad de orar siempre y no desmayar (Lc.18, 1).

El Profeta elegido para ser intercesor es inspirado por Dios en sentido estricto de la Palabra.  Es consciente de que quien le habla no es otro que el mismo Dios y por ende se convierte en su Portavoz, siendo la Palabra que el Señor le comunica su único punto de apoyo, su fuerza y su debilidad, y no puede negarse a trasmitirla.

Dios requiere de intercesores o mediadores que se levanten entre Él y su pueblo: “El pueblo de la tierra ha hecho violencia y   cometido pillaje, ha oprimido al pobre y al indigente, ha maltratado al forastero sin ningún derecho. He buscado entre ellos alguno que construyera un muro y se mantuviera de pie en la brecha ante mí, para proteger la tierra e impedir que yo la destruyera, y no he encontrado a nadie”.(Ez.22, 29-30)

¿Qué es ser intercesor? Es todo aquel que se interpone entre Dios y los  hombres, vive la necesidad del hermano y suplica al Dios de la misericordia ¡Piedad! Por tanto, todos estamos llamados a ser esos intercesores que claman por las diferentes necesidades, siguiendo el ejemplo que tenemos en el más grande intercesor: Jesús

Durante su paso por la tierra siempre suplicó al Padre por todos, liberando a muchos de las garras del mal, sanó a enfermos, devolvió la vista a  los ciegos, la movilidad a los inválidos, oído a los sordos, vida a los muertos, también intercedió por los que le habían sido dados para que fueran sus discípulos y por todos los que habían de venir. Es decir, por todos nosotros que en Él creemos.

Tanto es su amor que por nuestra salvación Jesús entregó su vida, derramó su sangre muriendo en una cruz para  luego resucitar, ascender al cielo y desde la diestra del Padre continuar su  ministerio. Pero antes de morir nos dejó a María, madre, reina, intercesora y medianera por excelencia.

La oración es el incienso que llena el corazón cuya fragancia llena el cielo