Reflexiones

¿Qué es la Familia?

N.R.: Queremos presentar este interesante documento acerca de lo que es la familia, escrito por el padre Jaime Restrepo Saldarriaga, Secretario Adjunto del Episcopado y Director de la Sección de Familia y Movimientos Apostólicos. Confiamos en que este tema nos siga ilustrando en lo relacionado a lo que es la familia y su misión.
 
Familia1. Fundamento antropológico:
 
► Dignidad de la persona humana: Todo intento de definición del hombre debe partir del presupuesto bíblico de que éste es una criatura hecha a imagen y semejanza del Creador, al cual puede conocer y amar, de ahí que la primordial vocación del ser humano es el amor.
 
 
Dios al darle al hombre el aliento de vida, constituyéndolo en imagen suya, lo puso frente a la creación para que la rigiese con sabiduría, buscando glorificar a su Creador. Pero para que el hombre no estuviera solo puso a su lado una compañera con la cual se complementara, siendo éste el primer modelo de comunión de personas.
 
El ser humano es un ser único e irrepetible, con una personalidad e inconfundible dignidad. Es un proyecto de vida que debe realizarse y llevarse a su plenitud. Está configurado como un ser complejo, es decir, con una amplia variedad de dimensiones, que deben ser desarrolladas de una manera integral y armónica. Dejar de lado alguna de ellas, implica presentar una caricatura o un fragmento de persona que en nada beneficia su desarrollo y realización desde el proyecto de Dios. Pero ese ser humano también es un ser paradójico, es decir, capaz de lo mejor y capaz de lo peor. Aquí entra su dimensión de fragilidad y debilidad. 
 
La unicidad del ser humano (único e irrepetible) no se debe entender en un sentido egoísta, aún más egocéntrico. El hombre, imagen de Dios, es desde su creación un ser social, que tiene la necesidad de vivir en relación con el otro. La socialización hace que el hombre complemente su unicidad con la diversidad. Dios nos crea diversos y diferentes para que compartamos, nos encontremos y construyamos comunidad.
 
Relacionalidad: "No es bueno que el hombre esté solo". Desde el principio el hombre ha sido creado para entrar en relación con otro diferente a él, pero de su misma naturaleza. No ha sido creado para vivir solo, sino para hacerlo en función de otro, en el cual encuentra un interlocutor, y por medio del cual se descubre varón y hembra.
 
Desde su creación, el hombre es un ser para los demás, con los demás, toda su existencia está orientada hacia los demás. Su vida es ser reflejo de la comunión existente en la Trinidad. Esta comunión toma forma en la familia, comunidad de amor y de entrega donde las personas se descubren a sí mismas y se reconocen como seres en relación. "La índole social del hombre demuestra que el desarrollo de la persona humana y de la propia sociedad están mutuamente condicionados. La vida social no es, pues, para el hombre sobrecarga accidental. Por ello, a través del trato con los demás, de la reciprocidad de servicios, del diálogo con los hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita para responder a su vocación" (GS 25).
 
Amor y sexualidad: Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza, llamándolo a la existencia por amor y al amor. Dios inscribió en la humanidad la capacidad y la responsabilidad del amor y la comunión. El amor es por lo tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano.
 
El hombre está llamado al amor y al don de sí en su unidad corpóreo-espiritual. La sexualidad es un elemento básico de la personalidad. Un modo propio de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de sentir, de expresar y vivir el amor humano. Esta capacidad de amar como don de sí, viene de su encarnación, en el carácter esponsal del cuerpo, en el cual está inscrita la masculinidad y la feminidad. Este cuerpo tiene en sí la capacidad de expresar el amor, un amor en el que la persona se convierte en don y así realiza el sentido de su ser o existir.
 
El amor es una realidad dinámica que sale de mí y se proyecta en el otro, cuando descubro en él a alguien, otro ser con quien puedo compartir lo que soy y lo que tengo. El amor no es un simple sentimiento, o una atracción ligera. El amor es un salir de sí hacia alguien a  quien descubro como mi interlocutor, mi otro yo, en quien me encuentro.
 
El diálogo conyugal y sexual entra en esta dinámica antropológica de entrega, de donación y de construcción de la felicidad de cada uno con el otro. El profundo respeto por la dignidad de cada persona que configura la comunidad conyugal abarca todas las dimensiones y todos los aspectos que el itinerario cotidiano les presenta a los esposos.
 
Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es por tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano.
 
Según el designio de Dios, el matrimonio es el fundamento de una comunidad más amplia, la familia, ya que la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y educación de la prole, en la que encuentran su coronación.
 
Al hacerse padres, los esposos reciben de Dios el don de una nueva responsabilidad. Su amor paterno está llamado a ser para los hijos el signo visible del mismo amor de Dios, «del que proviene toda paternidad en el cielo y en la tierra» En el matrimonio y en la familia se constituye un conjunto de relaciones interpersonales —relación conyugal, paternidad-maternidad, filiación, fraternidad— mediante las cuales toda persona humana queda introducida en la «familia humana» y en la «familia de Dios», que es la Iglesia.
 
El matrimonio y la familia cristiana edifican la Iglesia; en efecto, dentro de la familia la persona humana no sólo es engendrada y progresivamente introducida, mediante la educación, en la comunidad humana, sino que mediante la regeneración por el bautismo y la educación en la fe, es introducida también en la familia de Dios, que es la Iglesia.
 
¿Qué es la familia? Una íntima comunidad de vida y amor, configurada por el matrimonio de un hombre y una mujer que han unido sus vidas para amarse y prolongar la especie humana. En ella se establece un sistema de relaciones de sus miembros entre sí, con la sociedad y con el Estado, mediante la comunicación y, especialmente, mediante el ejercicio democrático de la autoridad caracterizado por el buen ejemplo, la firmeza, la bondad y el diálogo.
 
También la podemos definir como una comunidad natural, anterior al Estado y al clan, de personas estrechamente ligadas por vínculos de sangre y de amor, que mantienen entre ellas relaciones de interacción y desempeñan roles complementarios e integrados en la búsqueda del bien común familiar. Cada persona en el contexto familiar está llamada a ser miembro activo de la misma de acuerdo a su edad y condiciones personales. Por su naturaleza, la familia tiene funciones que cumplir consigo misma y con la sociedad en que se halla inmersa. Es sujeto de derechos y de deberes.
 
 
2. La familia: sus cometidos esenciales:
 
Cuatro cometidos esenciales se confían a la familia:
 
Vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas que se caracteriza por la unidad y la indisolubilidad. La familia es el lugar privilegiado para la realización personal junto con los seres amados. La familia, fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de personas: del hombre y de la mujer esposos, de los padres y de los hijos, de los parientes. Su primer cometido es el de vivir fielmente la realidad de la comunión con el empeño constante de desarrollar una auténtica comunidad de personas. El principio interior, la fuerza permanente y la meta última de tal cometido es el amor: así como sin el amor la familia no es una comunidad de personas, así también sin el amor la familia no puede vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas. 
 
 
El amor entre el hombre y la mujer en el matrimonio y, de forma derivada y más amplia, el amor entre los miembros de la misma familia —entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas, entre parientes y familiares— está animado e impulsado por un dinamismo interior e incesante que conduce la familia a una comunión cada vez más profunda e intensa, fundamento y alma de la comunidad conyugal y familiar. La comunión primera es la que se instaura y se desarrolla entre los cónyuges; en virtud del pacto de amor conyugal, el hombre y la mujer «no son ya dos, sino una sola carne» y están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total. 
 
La comunión conyugal constituye el fundamento sobre el cual se va edificando la más amplia comunión de la familia, de los padres y de los hijos, de los hermanos y de las hermanas entre sí, de los parientes y demás familiares. Esta comunión radica en los vínculos naturales de la carne y de la sangre y se desarrolla encontrando su perfeccionamiento propiamente humano en el instaurarse y madurar de vínculos todavía más profundos y ricos del espíritu: el amor que anima las relaciones interpersonales de los diversos miembros de la familia, constituye la fuerza interior que plasma y vivifica la comunión y la comunidad familiar.
 
Servidora de la cultura de la vida: procreación y  educación en valores auténticamente humanos y cristianos. 
 
1) La transmisión de la vida: Cooperadores del amor de Dios Creador
 
2) La educación: El derecho-deber educativo de los padres. Educar en los valores esenciales de la vida humana
        
Para los padres cristianos la misión educativa, basada como se ha dicho en su participación en la obra creadora de Dios, tiene una fuente nueva y específica en el sacramento del matrimonio, que los consagra a la educación propiamente cristiana de los hijos, es decir, los llama a participar de la misma autoridad y del mismo amor de Dios Padre y de Cristo Pastor, así como del amor materno de la Iglesia, y los enriquece en sabiduría, consejo, fortaleza y en los otros dones del Espíritu Santo, para ayudar a los hijos en su crecimiento humano y cristiano.
 
El deber educativo recibe del sacramento del matrimonio la dignidad y la llamada a ser un verdadero y propio «ministerio» de la Iglesia al servicio de la edificación de sus miembros. Tal es la grandeza y el esplendor del ministerio educativo de los padres cristianos, que santo Tomás no duda en compararlo con el ministerio de los sacerdotes: «Algunos propagan y conservan la vida espiritual con un ministerio únicamente espiritual: es la tarea del sacramento del orden; otros hacen esto respecto de la vida a la vez corporal y espiritual, y esto se realiza con el sacramento del matrimonio, en el que el hombre y la mujer se unen para engendrar la prole y educarla en el culto a Dios».
 
Ser «célula primera y vital de la sociedad», participar en el desarrollo de la sociedad. De la familia nacen los ciudadanos, y éstos encuentran en ella la primera escuela de esas virtudes sociales, son el alma de la vida y del desarrollo de la sociedad misma. La promoción de una auténtica y madura comunión de personas en la familia se convierte en la primera e insustituible escuela de socialidad, ejemplo y estímulo para las relaciones comunitarias más amplias en un clima de respeto, justicia, diálogo y amor. La familia constituye el lugar natural y el instrumento más eficaz de humanización y de personalización de la sociedad.
 
Función social y política de la familia
 
En el matrimonio y en la familia se constituye un conjunto de relaciones interpersonales —relación conyugal, paternidad-maternidad, filiación, fraternidad— mediante las cuales toda persona humana queda introducida en la «familia humana» y en la «familia de Dios», que es la Iglesia.
 
Dos campos específicos corresponden a la familia en este aspecto: de un lado la presencia y el servicio social que pone de presente los valores de la hospitalidad, la ayuda a los más necesitados, etc. Y de otro lado está el aspecto de la intervención política de la familia. Al respecto escribe el Santo Padre en la Familiaris Consortio: «Las familias deben crecer en la conciencia de ser “protagonistas” de la llamada “política familiar”, y asumirse la responsabilidad de transformar la sociedad; de otro modo las familias serán las primeras víctimas de aquellos males que se han limitado a observar con indiferencia»(44).
 
Es necesario recordar que la sociedad y la familia tienen una función complementaria en la defensa y promoción del bien de todos los hombres y de cada hombre. En este contexto se puede entender la actitud de la Santa Sede al proponer los «Derechos de la familia», pues es necesario que todos comprendamos el valor y la importancia de ella como «célula primera y fundamental de la sociedad».

Ser «Iglesia doméstica», es decir, una pequeña Iglesia, la primera Iglesia donde se acoge, se vive, se celebra y se anuncia la Palabra de Dios, espacio donde se edifica la santidad y desde donde la Iglesia y el mundo pueden ser santificados. La familia cristiana está puesta al servicio de la edificación del Reino de Dios, en la historia, mediante la participación en la vida y misión de la Iglesia. La familia puede llevar a cabo estos cometidos, en la medida en que esté fortalecida con una auténtica espiritualidad cristiana: vida sacramental, oración, lectura y escucha de la Palabra de Dios, servicio a los pobres.