Reflexiones

¿Para qué me sirve la Fe?

Por: Marina Espinosa de Salgar
 
Este año de la fe que ya casi termina hemos aprendido mucho sobre ella; ha refrescado nuestro conocimiento y nos ha hecho pedir con mucho más fundamento Señor aumenta nuestra fe.
 
Hemos leído durante todo este año muchos de los documentos que tanto el papa emérito Benedicto XVI, como Ss. el papa Francisco han publicado, para afianzarnos en nuestra fe católica y crecer como discípulos misioneros del Resucitado.
 
Todos esos documentos nos han dicho qué es la fe, cómo nace, cómo vivirla, cómo la hacemos crecer, cómo transmitirla, etc.. Pero después de hablar de todo esto en un panel en el que participábamos, especialmente hablando de cómo transmitirles la fe a nuestros hijos, una señora tomó la palabra y dijo que a ella le parecía por su experiencia, que lo que se debía hacer era dar mucho  amor y afecto a nuestros hijos; habló de la seguridad que esto daba a los hijos y de otras cosas más.
 
En ese instante yo pensé: para eso no se necesita fe. La señora tiene razón en que todo ser humano necesita muchísimo amor y afecto en su vida, especialmente en los primeros años, para crecer sano y emocionalmente estable. El “pero” está en que cualquier persona puede amar a su hijo, darle afecto, inculcarle valores y buenas costumbres y no tener fe. En ese momento me surge la pregunta que titula este artículo: ¿De qué me sirve la fe?
 
Desafortunadamente la mayoría de los creyentes tienen una fe que se mide en respuestas. Una fe que crece o se debilita en la medida en que ven respondidas sus oraciones. Su fe está puesta en un Dios bombero que les tiene que resolver todos sus problemas; mantienen una fe infantil que no se cuestiona y no quieren profundizar.
 
El hecho es que hay una realidad mucho más profunda que es la que nos lleva a poner nuestra fe en un Dios personal, que quiso revelársenos para mantener una intimidad con su criatura. Así es, la finalidad de la revelación y la comunicación de Dios es la comunión con el ser humano. No fuimos nosotros quienes creamos un dios, fue Él quien se nos reveló. Él nos buscó  y nos amó primero porque siente la necesidad de una  profunda comunión con su criatura.
 
Para eso exactamente es que nos sirve la fe: para mantener la comunión con Dios. 
 
Son tan serias y profundas las exigencias de la fe, del seguimiento a Cristo, que si no mantenemos esa intimidad con Él no nos será posible llegar a la meta, porque la obra la hace Él en nosotros. “Es preciso que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,30)
 
Una de las más importantes exigencias nos la hace Jesús en Juan 13,3: “Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros.” 
 
Pero ¿cómo poder amar como ama el Señor, que nos amó hasta la muerte y muerte de cruz? ¿Cómo poder amar a los enemigos y orar por los que nos persiguen? ¿Cómo perdonar a todo el que me ofende y agachar la cabeza para pedir perdón? Bien, para eso exactamente es que me sirve la fe; manteniendo una estrecha comunión con Dios yo puedo vivir mi vida en el mundo como una verdadera creyente. San Pablo nos da la respuesta: Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.
 
Cuando vivimos en comunión con Dios comprendemos mucho más Su Palabra en nuestra vida y nuestro entorno; Él llega a ser lo primero en nuestra vida, lo más importante, lo fundamental, lo vital. Y aunque también la fe nos lleva a pedirle al Señor, nos podemos desentender del resultado. Aprendemos  que la eficacia de la fe depende de la pureza de nuestra búsqueda, porque Dios responde conforme a la pureza de nuestra intención y porque Dios como buen Padre no nos va a dar nada que no nos convenga. Aprendemos que toda respuesta de Dios a su criatura es de cara a la salvación.
 
La fe es un don de Dios, un don que se nos da, pero que debemos hacer crecer para que nuestra comunión con Él sea perfecta.