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COMUNIDAD HOMBRES Y MUJERES DE FUTURO
Guía de Predicación

Agosto 31 - 2016

 COMO DIOS ES MISERICORDA PARA TI, SÉ TU MISERICORDIA PARA TU HERMANO

Texto base: Lc. 10,25-37

Otros textos de referencia:

Mt 5, 7 Bienaventuranza
Lc 15, 11-32 Parábola del padre misericordioso, hijo pródigo
Lc 7, 12-15 con el hijo de una viuda
Lc 8,41-42; 49-56;  9,38-42 con un padre desconsolado

OBJETIVO

Descubrir la naturaleza de la misericordia cristiana, y por qué debemos tratar al hermano de esa manera.

INTRODUCCIÓN

Misericordia: bondad consciente, voluntaria; que va más allá del impulso de compasión. (XLF)

Todos en varios momentos de la vida experimentamos la necesidad de ser tratados con amor, que nos entiendan, nos perdonen y nos ayuden. En otras palabras, esperamos ser tratados con misericordia. De la misma manera, muchos hermanos nuestros esperan ser tratados igual cuando las situaciones de la vida los vuelven débiles, frágiles, necesitados. Si no acudimos en su ayuda, ¿cómo podremos decir que el amor de Dios habita en nosotros? (Cfr. 1Jn, 3,17)

DESARROLLO

En las escrituras encontramos numerosos ejemplos de la misericordia de Jesús, como cuando tuvo compasión con el hijo muerto de una viuda y lo resucitó (Cfr. Lc. 7, 12-15); es decir, no se quedó en el sentimiento compasivo sino que pasó a la acción (lo resucitó). Jesús, movido por su naturaleza misericordiosa, le recupera el hijo a la viuda para devolverle su apoyo, su sustento, su dignidad.

Pero es en la parábola del Buen Samaritano (Lc.10, 25-37) donde Jesús nos muestra las actitudes y acciones efectivas que debe tener una persona misericordiosa para con su hermano el hombre:

En  un diálogo con un legista (vs 25-29), éste le pregunta a Jesús: “Y ¿quién es mi prójimo?”, a lo que Jesús responde contándole la parábola en mención. Iba un caminante de Jerusalén a Jericó cuando fue asaltado, robado, apaleado y dejado abandonado medio muerto a la orilla del camino (v.30). Como se ve, se trata de una persona sumamente maltratada y necesitada de atención, como muchas con las cuales uno se encuentra a diario.

Lo curioso es que pasan por su lado un sacerdote y un levita (vs 31,32), ambos religiosos reconocidos, que al verlo dan un rodeo y prosiguen su camino; no se “contaminan” con un medio muerto desconocido y abandonado. Ellos se sienten personas superiores, mediadores entre Dios y los hombres; parecieran estar diciendo: ¡que otros se ocupen de estas desagradables circunstancias! ¿Acaso no es esto mismo lo que pensamos y hacemos tantas veces?

Pero llega un samaritano -personas odiadas por los judíos por razones religiosas-, que al ver al hombre herido (vs. 33-35):

  • Se le acercó, llegó junto a él. No tuvo asco ni temió contagiarse o contaminarse.
  • Tuvo compasión de él. Su corazón se sobresaltó y una fuerza lo llevó a hacerse cargo de la situación. No le importó retrasar su recorrido ni desacomodarse para atender al necesitado.
  • Vendó sus heridas echando en ellas aceite y vino. Hizo lo que estaba a su alcance para darle los primeros auxilios, utilizando sus propios recursos, sólo con el objetivo de buscar la restauración del desdichado. Auxilios que no solo reparaban las heridas sino que reestablecían la vida y la esperanza en aquel hombre.
  • Le montó sobre su propia cabalgadura. Hubiera podido dejarlo allí recuperándose y que buscara por sus propios medios cómo continuar el camino. Pero él sabía que debía terminar el trabajo al que su misericordia lo había movido, y no tuvo inconveniente en cederle sus facilidades, su comodidad, con tal de llevar al herido a sitio seguro.
  • Lo llevó a una posada y cuidó de él. No sólo llevó al malherido a un sitio seguro, sino a una posada digna donde poder descansar y recuperarse. Además se tomó el trabajo de cuidarlo para asegurar su sanación.
  • Al día siguiente sacó 2 denarios y los dio al posadero en adelanto por sus cuidados, prometiendo reembolsar los gastos si este dinero no alcanzaba. Este samaritano misericordioso se encargó de todos los detalles necesarios para el bienestar de aquel hombre, incluyendo el dinero que fuese necesario, sin limitaciones.
  • Entonces Jesús le pregunta al legista: ¿cuál de los 3 fue prójimo del malherido?, a lo que éste responde: “El que practicó la misericordia con él.” Díjole Jesús: “Vete y haz tú lo mismo” (vs- 36-37).

Es tiempo de revisar nuestras actitudes y comportamientos confrontándolas con las del samaritano, y proponernos cumplir con el mandamiento de Jesús: “Vete y haz tú lo mismo”.

EJERCICIO CON LA ASAMBLEA

Entre todos hacer una lista de las actitudes que hacen del samaritano una persona misericordiosa, escribiéndolas en un tablero para que estén a la vista de todos. P.e.: no hace acepción de personas, obedece al impulso de su compasión, se desacomoda, asume la situación como propia, da de su tiempo, de sus recursos, etc., con el único objetivo de que la otra persona, un desconocido para él, recupere su salud, su dignidad, su vida, todo esto sin esperar nada a cambio (Amor cristiano).

CONCLUSIÓN

Esta actitud misericordiosa es condición fundamental en la vida del cristiano, hasta el punto de que en la epístola de Santiago se afirma que “… tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia;” (St. 2,13). Esto es otra forma de la quinta bienaventuranza: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. (Mt. 5,7).

Si esperamos recibir misericordia algún día, tenemos que empezar a tratar a nuestros hermanos con  misericordia desde hoy mismo.

BIBLIOGRAFÍA

·         Nueva Biblia de Jerusalén, Ed. Desclée De Brouwer

·         Vocabulario de Teología Bíblica, X. León-Dufour, Ed. Herder