• hambre.jpg
  • limpios.jpg
  • lloran.jpg
  • mansos.jpg
  • misericordiosos.jpg
  • paz.jpg
  • perseguidos.jpg
  • pobres.jpg



COMUNIDAD DE HOMBRES Y MUJERES DE FUTURO

GUÍA DE PREDICACIÓN

Diciembre 1 al 5,  2020

LA VERDADERA ALEGRÍA

Flp 3, 1: hermanos míos, alégrense en el Señor

1Tes, 5, 16: Estad siempre alegres

"¿No hay alegría en tu vida? -Piensa: hay un obstáculo entre Dios y tú. Casi siempre acertarás "
(S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 662).

OBJETIVO

Comprender el sentido de la alegría como reino en el interior del ser humano, con el fin de que su vida cristiana sea fuente de luz, de paz, gozo y esperanza para los que los rodean.

INTRODUCCIÓN

La «perfecta alegría» no está en los gozos terrenos, en el éxito, en el reconocimiento, ni siquiera está en la realización personal. La «perfecta alegría» está en aceptar cada momento confiando en que Dios nos sostiene. Es difícil tomarse de la mano de Dios cuando la adversidad nos golpea, antes bien, es fácil gritar y desesperarse con los problemas agobiantes. Pero ¿Qué tal si nos detenemos un momento?, ¿qué tal si vemos cada situación con la impronta de Dios? Es como descubrir la huella de Dios a nuestro alrededor.

Aún en los momentos más dolorosos de nuestra vida, Dios está presente y llena nuestro corazón de paz. Así que ¡detente un momento, reflexiona y busca la huella de Dios! Si tienes confianza la encontrarás y te darás cuenta de lo importante, de aquello que llena el corazón, de la alegría que se experimenta al ser todo de Dios.

DESARROLLO

Para el desarrollo de esta guía podemos tener como base la lectura de la epístola a los Filipenses, ya que una de las notas características de esta carta universal es la Alegría (1, 18; 1, 25; 2,2; 2, 17; 2, 18; 3, 1; 4, 1; 4, 10). Además, podemos usar los dos primeros capítulos del evangelio de Lucas, en ellos se describe una atmósfera de alegría impregnada en cada uno de sus versículos. En esta misma línea el texto de Hechos de los Apóstoles nos describe la alegría en sus diversas circunstancias en la cual cada capítulo nos permite profundizar sobre el significado de la alegría no como un algo, sino un alguien, y ese alguien es la persona del Espíritu Santo. No hay razón para no vivir la alegría (Jn 16, 22), y más aún de no compartirla (Lc 15,9; Hechos 20, 35). También Pablo nos exhorta a estar siempre alegres (1Tes 5, 16).

Para introducirnos en el contenido de esta temática comencemos por decir que etimológicamente la palabra alegría deriva del latín alicer- alecris, que significa vivo y animado. Esta connotación evoca una idea profunda de la alegría, que denota un estado natural, normal, no forzado, del espíritu humano, es decir que no es un simple sentimiento o una expresión emocional que se opone o se complementa por las circunstancias, sino que es un estado profundo del ser humanos incondicionado y libre de toda contingencia.

La más grande alegría es la esperanza: La esperanza en las promesas del Señor, la esperanza en la eternidad que podemos comenzar a vivir desde aquí y ahora, la esperanza clara de la salvación que nos trajo el Señor. Que nada ni nadie en la vida te quite la alegría de tu salvación

¿La alegría tiene valor sin la tristeza? La alegría del cristiano o de todo ser humano no depende la cantidad de objetos y cosas que se tenga porque no es una historia de tiempo, sino dada en la calidad de ser humano que es, pues mientras en algunos su alegría es la profesión, las metas alcanzadas, el dinero que produjo, la casa o el mejor carro que se compró, la empresa que en sus activos creció, para otro mundo de gente la alegría depende de volver a tener libertad, de poder hablar, de tener una vista excelente para poder ver, de tener un brazos para poder abrazar, de tener unas piernas para poder participar en una olimpiada mundial. Son algunos rasgos que podríamos decir si alegría tiene valor sin la tristeza, pues mientras unos lloran porque el dólar se ha caído otros anhelan ver la belleza de cada amanecer con sus ojos o el escuchar los cantos líricos de los pájaros que alaban el despertar o resucitar del nuevo día. Por lo tanto, la alegría tiene valor sin la tristeza porque la alegría no depende de lo que veo o de lo que tengo, sino de lo que anhelo y añoro, inquietándome a vivir en armonía con mi creador y el universo. Es simple apreciar si una persona es alegre o no, y la forma en la que ilumina a los demás, es generosa con los demás, y se dispone en bien de los demás: Mayor alegría hay en dar que en recibir (Hechos 20, 35).

La alegría surge de una actitud, la de decidir; cómo afronta nuestro espíritu las cosas que nos rodean. La alegría es un misterio espiritual porque hace parte del misterio, del camino, del hacer de Dios, es decir que algún día podremos vencer con el poder de la alegría. Quien se deja afectar por las cosas malas, elige sufrir y caminará en derrota o siempre su lenguaje será el fracaso. Quien decide que su paz es mayor que las cosas externas, entonces se acerca más a una alegría. Una alegría que viene desde de adentro se aleja del egoísmo, del rencor de la impaciencia, del desvelo, de la tristeza, del encasillamiento, de la soberbia, del dolor, de la angustia, del miedo, de la ausencia, del terror, de la amargura, de la tacañés, de los intereses particulares, y se coloca en una posición de donación, entrega, vida, esperanza, gozo, fructificación, movimiento, compasión, humildad, disposición, desprendimiento, valor y valentía, victoria.

La alegría en la Escritura Bíblica. Si bien hemos puesto bases bíblicas para esta temática, debemos decir que toda la Biblia está marcada por la alegría, puesto que es inspiración del Espíritu Santo y como tal es producto del gozo que se mueve en la historia del ser humano. Los salmistas cantaban y expresaban con alegrías las bendiciones del Señor (112, 1; 119, 1; 118, 24); se danzaba y se movía en su presencia como lo hacía el rey David (2Sam 6, 14-15); también cuando se caía en pecado se anhela no perder este reino de la alegría. David en el salmo 51 (50), 12, expresa que el perder este gozo es perder la vida y el valor de esta. El pueblo de Israel se llenó de alegría cuando por el poder de Dios caminaron sobre las aguas, Daniel se llenó de alegría del Espíritu cuando se cerraron la boca de los leones. Ana canto de alegría cuando después de ser estéril el Señor le concedió a su hijo el cual llegó más tarde a ser uno de los grandes profetas para Israel. En tiempos de los primeros cristianos, según nos cuentan los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,46), había una característica que llamaba poderosamente la atención de todos: la alegría. No es difícil comprender por qué estaban alegres en esos primeros tiempos. Estaba muy cercano el paso de Nuestro Señor Jesucristo entre ellos. Cuando se reunían en la Eucaristía, algunos de ellos aún tendrían el recuerdo de Jesús bendiciendo el pan y repartiéndolo. También estaban alegres porque habían visto grandes prodigios y eran testigos fieles de las maravillas que había hecho Dios. Ellos, que habían conocido la esclavitud del pecado, experimentaron la Libertad que trajo el Redentor.

La alegría y la alabanza no son otra cosa que estar en acuerdo con el Señor. Por ello, en la persona de María se manifiesta la identidad de la voluntad de Dios. Una identidad expresada en SÍ DE MARÍA, pero también en la alabanza que de ella brota en el Magnifica (Lc 1, 46-55). No obstante, la mayor alegría es la persona de Jesús, él es la alegría a fin de que todos aquellos que se acercaban a él no volvían iguales, sino mejores y más felices. En Jesús la alegría era una alabanza para el Padre, pero una oportunidad para todo aquel que reconoció en Él la verdadera alegría. Jesús como persona es la alegría, pues él era un hombre pneumatizado, lleno del Espíritu Santo, y como tal producía en cada paso que daba el producto, el fruto del Espíritu Santo. La alegría es un fruto del Espíritu Santo; es un gozo del Espíritu, pero a su vez es un don un regalo celestial por ser una actividad de la complejidad humana proviene del interior del hombre o de la mujer. Por lo tanto, ser cristiano, es ser alegre, y portar la alegría del Espíritu es ser un hijo de Dios en cualquier circunstancia.

Jesús aún en peores momentos supo ser alegre. Recordemos como acogió al malhechor en la cruz (Lc 23, 42-43), es decir que la tristeza sólo cabe en quien ha perdido la esperanza, en quien se siente abandonado. Pero Jesús ni el malhechor se sintieron abandonados. No podríamos hablar de la Alegría sin hablar de la Cruz, porque para el cristiano la ofrenda que hizo el Señor de Su propia Vida por nuestra redención cobra un papel fundamental para nuestras vidas, pues para Jesús la alegría era realizar el proyecto y la voluntad del Padre (Jn 8, 25-30). El cristiano sufre, llora, tiene momentos amargos y siente dolor como cualquier otro ser humano. Sin embargo, encontramos un sentido en nuestros sentimientos de dolor y en nuestras dificultades. Ese sentido está en cargar nuestra propia cruz, y seguir el ejemplo de Jesús que no palideció aún en medio de las circunstancias adversas, del dolor y el sufrimiento. La Cruz, otro gran misterio para el hombre, es un trono de alegría, porque Dios transforma el dolor en gozo, la pena en júbilo, la muerte en resurrección. La cruz nos ayuda a identificarnos con Jesús. Siempre pesa, no cabe duda, pero el amor a Dios puede más que cualquier contrariedad, y cuando ofrecemos nuestra propia cruz amorosamente, Dios las transformará en alegría. Por eso afirmamos con el texto de eclesiástico: No hay que preguntar para qué sirve esto o aquello, porque todo tiene un propósito (39, 21).

CONCLUSIÓN

La alegría es una característica fundamental de la vida cristiana, ya que es una invitación a realizarse plenamente. La alegría no es un sentimiento sino una persona que como Jesús no se detiene aún en medio de las circunstancias adversas que pueden producirse en la cotidianidad de la misión o del trabajo que estemos realizando. La alegría es un tema que debe impregnar el lugar donde estemos, ya sea nuestra familia, comunidad, vecinos, amigos. No es un sentir pasajero o influenciado por las cosas externas o contingentes, sino por el reino que es alegría y eterno. Es relevante comprender el sentido de alegría como aquella que es auténtica y no efímera sin contradicciones ni utopías. El mejor lugar y ambiente donde podemos ser alegría, no tener, es la familia, la pareja. La alegría y los valores se aprenden en casa y se transmiten a los demás como una forma natural de vida; la alegría como reino es un apostolado convincente de testimonio para que quienes se han concentrado en sus problemas, puedan ahora preocuparse más por los demás disfrutando del amor eterno que se nos ha heredado por el resucitado, pues los hombres y las mujeres que no son alegres envejecen prematuramente.

Que, en esta época de adviento sepamos llenar nuestro corazón de alegría, poniendo todas nuestras esperanzas en el redentor que pronto veremos en el pesebre de Belén.

____