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COMUNIDAD HOMBRES Y MUJERES DE FUTURO
MINISTERIO DE FORMACIÓN
GUÍA DE PREDICACIÓN
Junio 27 2012
Sacerdocio Común, nuestro servicio a la obra del Señor
Objetivo:
- Saber por qué es importante el sacerdocio en la iglesia católica como señal de vida y comunión.
- Descubrir que el sacerdocio común es presencia viva del Señor en el mundo y que todos estamos llamados a participar de su vida y de su obra por la gracia del Espíritu Santo.
- Comprender el sentido de ser bautizados con el fin de vivir el sacerdocio común en la comunidad, la sociedad y la familia.
Introducción
Todas las personas incorporadas o bautizadas en la iglesia universal, han sido ungidas con el aceite del sacerdocio con un fin: servir, pastorear, enseñar al pueblo de Dios que Jesucristo está vivo por la gracia y la fuerza del Espíritu Santo.
Sacerdote tiene como etimología ser un mediador para ofrecer sacrificios al Señor. Ser un bautizado es ser un sacerdote, embajador y representante de Cristo; aquel hombre o mujer que son imagen del Padre, presencia de Jesucristo, templo de la gracia del Espíritu Santo. La iglesia católica es presencia viva del resucitado y por consiguiente, eminentemente sacerdotal, lo cual significa que la dimensión sacerdotal en el cristiano no sólo se refiere a quienes han recibido la vocación de ser ministros o presbíteros, sino que está dada a todo ser humano, hijo de Dios.
En la primera Epístola de Pedro 2, 9 se expresa que “somos una familia escogida, un sacerdocio al servicio del rey, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios… para anunciar las obras maravillosas de Dios… sacadas de la oscuridad para entrar en la luz maravillosa”. Este pasaje bíblico del Nuevo Testamento muestra que toda
El libro de
Contenido
El Concilio Vaticano II en su Constitución Dogmática Lumen Gentium Nº 10 ha invitado a todos los hombres y las mujeres a ejercer de manera responsable y consciente la gracia de ser sacerdotes. Este sacerdocio, llamado el Sacerdocio común, participa de un único sacerdocio, el de la persona de Jesucristo. En algunos sectores de nuestra iglesia, el sacerdocio común no se ha valorado en la manera que debiera ser, si bien somos bautizados, sellados por
Sin embargo, los bautizados están destinados… a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios mediante la iglesia (Lumen Gentium Nº 11), es decir que somos sacerdotes en la medida que confesemos con nuestra existencia a un Dios resucitado, y por ende celebraremos y comeremos de su mesa.
¿Para qué hemos sido sellados con la identidad de sacerdotes? El documento de Aparecida Nº 285, nos entrega algunos elementos que son importantes para comprender el sentido del sacerdocio común en nuestra iglesia católica en la construcción de un edificio espiritual, ejercido en la comunión con Jesucristo y nuestro prójimo.
Un primer aspecto es entender que el sacerdocio común es una vocación con un modo concreto y distintivo de vivir la espiritualidad (una forma de vida), es decir que el sacerdocio no tiene lugar, espacio y tiempo para ser ejercido.
El segundo elemento que podemos comprender es que el sacerdocio se vive y se experimenta con profundidad y entusiasmo, en el ejercicio concreto de nuestras tareas cotidianas. Esto es, que en cada actividad que laboremos podemos estar celebrando con la persona de Jesucristo, lo cual se manifestará en el amor, la unidad, el perdón, la ayuda mutua a santificarse con todos aquellos con quienes interactuamos: familia, comunidad, sociedad, matrimonio.
Un tercer elemento que podemos hallar en el sacerdocio común es la generosidad, entendiéndose que los cristianos no se cierran en una intimidad cómoda, sino que están siempre activos, creativos y felices por anunciar el mensaje de la salvación. El sacerdote se dispone como la persona de Jesús, a alimentar a aquellos hombres y mueres que tienen hambre y sed de Dios. La generosidad del sacerdocio nos llama a ser comprometidos con los reclamos de la realidad con el fin de encontrar un profundo significado a todo lo que nos toca hacer por la iglesia y por el mundo (Aparecida Nº 285).
El edificio espiritual formado por sacerdotes nos significa que como bautizados formamos el Cuerpo de Cristo, es decir que todos los creyentes del Señor estamos llamados a ofrecer alabanzas y oraciones a Dios, pero a su vez nos transformamos por la fuerza del Espíritu Santo en otros Cristos, piedras vivas, hostias vivas, con lo cual descubrimos que la realidad más importante de nuestro sacerdocio común es la persona del Espíritu Santo: “Pero cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, recibirán poder y saldrán a dar testimonio de mí” (Hechos 1, 8); “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 35).
El sacerdocio común es un sello que llevamos en el corazón para ofrecer continuamente nuestra vida al Padre en Cristo, muriendo al hombre viejo y abriéndonos a una nueva vida en el Espíritu. Ningún cristiano es sacerdote por sí mismo pero, en Cristo, todo cristiano debe ser sacerdote. Esto significa que el sacerdocio común está como don para el bautizado destinado a crecer. San Pablo le enseña esto a los que ya eran bautizados: “Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rm 12,1-2).
Por lo tanto, el sacerdocio común es tan importante como lo es el sacerdocio ministerial, pues es sal y fermento para el mundo, luz y esperanza para los pueblos, alimento y generosidad para a aquellos que son débiles y vulnerables. Dejar que el sacerdocio común brille delante de la gente es abrir las ventanas y las puertas del cielo para que todos unidos seamos uno con el Padre (Jn 17, 20-22), y siendo uno con el Padre, aquellos que por alguna razón no caminan en la luz vean en el ejercicio del sacerdocio el amor de Dios, y “todos alaben al Padre que está en el cielo” (Mt 5,16).
Conclusión
El sacerdocio común es la imagen visible del amor de Dios en el mundo. De ahí que está llamado a adquirir una nueva sensibilidad en el dinamismo de nuestra existencia como hijos de Dios inmersos en la iglesia, una sociedad, una familia. Aprender a ver la acción del Padre en el mundo es abrir nuevos espacios de vida y de esperanza a un pueblo sediento de Dios. La edificación espiritual abre la posibilidad a la comunidad cristiana para vivir su sacerdocio común como factor de libertad en la medida que se pueda ser fiel al Evangelio, buena nueva para todos los hombres y mujeres en el mundo. En este sentido, es válido pensar que los bautizados, sacramento y sacerdocio real son responsables de liberar todo aquello que puede afectar la obra del Señor para que reinen los valores y principios cristianos.
Taller
- ¿Cómo estoy viviendo mi sacerdocio común en mi familia, comunidad y sociedad?
- ¿Qué otros elementos puedo adicionar a mi llamado como sacerdote real para que reine el amor, la esperanza y la vida de un pueblo sediento de Dios?
¿Cuál es tu compromiso concreto y personal para que el sacerdocio común sea una piedra viva en la edificación espiritual del Cuerpo de Cristo?
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FUNDACIÓN HOMBRES DE FUTURO
MINISTERIO DE FORMACIÓN
GUÍA DE PREDICACIÓN - Junio 20, 2012
LA VICTORIA SOBRE EL MAL COMIENZA EN EL CORAZÓN
Meditación del texto del evangelio de san Marcos 7,1-23.
Objetivo
Transmitir la enseñanza de Cristo a sus apóstoles sobre la pureza del corazón. Porque lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre.
“Crea en mí, oh Dios, un corazón puro,
renueva en mi interior un espíritu firme”
(Salmo 51,12 ).
Introducción.
En muchos textos de la Biblia encontramos al autor hablando de la pureza del corazón, especialmente en los salmos. Pues bien, en este Evangelio de Marcos, Jesús mismo nos va a enseñar cómo se purifica el corazón y por qué es lo que sale del hombre lo que lo contamina y no lo que entra en él.
El Ser humano puro, es el que tiene el corazón puro. Y tiene el corazón puro quien ha purificado sus intenciones al actuar y quien sigue la voluntad de Dios revelada en la Biblia, voluntad que centra todas las decisiones del hombre en la motivación fundamental del amor.
Por medio de este texto Jesús nos enseña el “hacer” que Dios espera de nosotros como personas nuevas.
Desarrollo
Centrándonos en el texto, podemos observar tres cosas:
- En 7,1-5 se da el planteamiento del problema por parte de un grupo de fariseos y escribas que se escandalizan con el comportamiento extraño de los discípulos de Jesús.
- Luego en los versos 6-13, viene la primera parte de la respuesta de Jesús, la cual enfoca en lo que nos ordena la Ley. La frase central está en el verso 8.
- Después viene la segunda parte de la respuesta del Señor, que invita a poner la atención en el “corazón” del ser humano como fuente de contaminación. La frase central está en el verso 21.
¿Cómo releer esto para nosotros hoy?
En este pasaje hay un aviso espiritual muy importante, que nos está llamando a mirar los criterios con que nosotros valoramos nuestro comportamiento. Es decir, lo que me motiva a actuar ¿es una simple apariencia?, ¿quedar bien?, o realmente me mueve una convicción profunda de lo que agrada a Dios; porque actitudes de apariencia son lo que llevó al Señor a Decir:
“Este pueblo me honra con sus labios,
pero su corazón está lejos de mí
en vano me rinden culto,
ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres”
El Señor nos está pidiendo que examinemos con un profundo sentido crítico las normas que están determinando nuestro comportamiento. Nuestro actuar debe estar orientado totalmente hacia la voluntad de Dios revelada en su Palabra.
Con mucha frecuencia nosotros nos dejamos llevar por lo que es considerado “necesario”, moderno, actual, etc., es decir, nos dejamos llevar por nuestro egoísmo en todas las formas en que se manifiesta.
La verdadera pureza consiste pues en llevar una justa relación con Dios, la cual nos llevará inequívocamente a una justa relación con el prójimo.
Cuando Jesús Dice:
“Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre.”
Nos está diciendo que las acciones malvadas provienen del corazón de la persona; por eso la primera preocupación de una persona debe ser la de tener un corazón puro, porque desde allí es que se transformará el mundo entero.
¿Qué significa aquí el término corazón?
En el mundo Bíblico, el “corazón” indica el lugar profundo en el que la persona toma conciencia de sí misma, reflexiona, medita y asume comportamientos responsables ante los hechos de la vida y ante el misterio de Dios. De aquí que el “corazón” tenga una importancia decisiva en la salvación. Es allí donde se hace la verdadera obra del Espíritu Santo, convirtiéndonos en hombres de corazón de carne, hombres nuevos movidos por el amor de Dios para amar plenamente a nuestro prójimo.
Cuando se habla del corazón, por lo general lo relacionamos con el amor, y esto es cierto pero no es todo. Se trata del amor-decisión, amo porque lo decidí no por lo que siento, porque así es como nos ama Dios.
En el verso 21, el Señor nos da una lista de las cosas que contaminan al hombre y que salen de dentro del “corazón”. Son 12 pecados que abarcan los campos principales o más frecuentes de nuestro comportamiento, recalcando el perfil del hombre viejo y diciéndonos que es allí donde debemos trabajar con ahínco para poder brillar como hombres y mujeres nuevos según el Reino de Dios.
Miremos: 7,21-23 “Porque de dentro del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: Fornicaciones, Robos, Asesinatos, Adulterios, Avaricia, Maldades, Fraude, Libertinaje, Envidia, Injuria, Insolencia, Insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre”
Con esto nos está manifestando Jesús, que es en el mismo lugar en donde se encuentra el foco de contaminación, o la fuerza del amor que transforma el mundo. Esto nos ayuda a entender que cuando Jesús cita los mandamientos, (releer Verso 10) ya no es la “norma”, la regla en sí, sino el corazón del hombre que se ha purificado, un corazón nuevo, sensible, que ama y siente compasión; ese es el corazón del hombre nuevo, de la mujer nueva.
Ampliaremos un poco cada aspecto para poder analizarnos mejor.
Fornicaciones: Es la persona para la cual cualquier tipo de relación es lo mismo, donde el criterio de comportamiento es únicamente la propia satisfacción, llevándolo a la inmoralidad.
Robos: Es aquel para quien apropiarse de lo ajeno es un comportamiento habitual. (Pensemos también en el estado como otra persona cuando no pagamos nuestros impuestos y nuestras obligaciones).
Asesinatos: Cuando no sólo nos apropiamos de sus bienes sino hasta de su propia vida.
Adulterio: Infidelidad a aquella persona a la que se le prometió amor total y exclusivo.
Codicia: Querer tener en sobreabundancia llenándose de cosas sin pensar en que otros las puedan estar necesitando. Nunca quiere compartir.
Maldades: No se trata solamente de hechos malos, sino de una persona dañada en la estructura de su personalidad y encuentra placer en hacer daño a todos. Es una persona perversa.
Fraude: Quien actúa doblemente, con engaño con el fin de lograr sus propósitos ocultos.
Libertinaje: Comportamiento de quien no acepta reglas, sintiéndose con derecho a todo. Es una persona caprichosa que quiere conseguir lo que desea sin importar por encima de quién tenga que pasar.
Envidia: Es quien mira con rabia el éxito y la felicidad de los demás.
Injuria: Blasfemia, calumnia incluso a Dios cuando la persona considera que no tiene nada que agradecer y vive resentida.
Insolencia: Es quien piensa que no tiene necesidad de Dios y que puede hacer y deshacer a su gusto, por su propia cuenta. Esto es orgullo, autosuficiencia y arrogancia, considera a los demás con menor capacidad y valor que ella.
Insensatez: Es la persona cuya vida no tiene sentido, es una persona irresponsable que no se toma en serio a Dios y se dedica sólo a “pasarla Bien” pero su vida no trascenderá.
Taller
Todos tenemos algo de esto en el corazón. En un acto de reflexión miremos cuál será con el que más debes luchar y entregar al Señor, para poder comenzar tú también la transformación de tu familia y del mundo. Compartir en el grupo.
¿Tienes conciencia de que de la pureza de nuestros corazones puede estar dependiendo la transformación del mundo?
¿Cuando vas a recibir la sagrada Eucaristía lo haces con la pureza de corazón adecuada?
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COMUNIDAD HOMBRES Y MUJERES DE FUTURO
MINISTERIO DE MAESTOS
GUÍA PARA FRATERNIDAD
JUNIO 13 DE 2012
DIOS NO TIENE NIETOS
Objetivo:
Comprender que la fe no se hereda, ni se comunica compartiendo conceptos. Los participantes a la asamblea deberán confrontarse consigo mismos para saber si están comunicando la fe correctamente a sus hijos y en su entorno.
Desarrollo
Podríamos plantearnos la hipótesis de la siguiente manera: “Los hijos de los creyentes, por serlo, no son nietos de Dios”. En la problemática de la trasmisión de la fe, a veces pensamos incorrectamente, que comunicando a nuestros hijos los conocimientos que tenemos de nuestra religión, con ello será suficiente. Hay un aspecto doctrinal que necesita ser comunicado; nuestra fe posee un credo, pero el cristianismo no se reduce a una comunicación de ideas.
No se puede reducir tampoco a una obligación de asistir a la Eucaristía los domingos o a alguna devoción particular.
Muchos hombres incrédulos tienen informaciones adecuadas sobre datos de la vida y las enseñanzas de Jesús. Saben que nació en Belén, y que su madre se llamaba María, conocen el modo de su muerte con bastantes detalles, pero y sin dudarlo, afirmamos que no lo conocen a Él. Los guardias que Judas conduce al lugar donde se encuentra Jesús, antes de su pasión, al enfrentarse con Él que les pregunta a quién buscan, le responden: a Jesús el Nazareno. Se encuentran delante de Él, conocen su nombre, pero no lo conocen a Él.
Jesús le dice a la mujer samaritana que se encuentra junto al pozo: “Si conocieras quién es el que te pide de beber”. En la Sagrada Escritura, conocer es una relación vital que se establece entre dos personas; este concepto no se reduce en el mundo de la Biblia a una operación intelectual.
El cristianismo brota de un encuentro con Cristo Resucitado. Podemos y debemos testimoniarles a nuestros hijos a Cristo con palabras y obras, para que se manifieste la belleza de la vida cristiana, y ésta ejerza una suerte de atracción del corazón de los nuestros. Pero, inevitablemente, tendrán ellos que vivir su propio encuentro con el Señor. Los hijos de los creyentes, por serlo, no son nietos de Dios, porque Dios no tiene nietos, tiene hijos; y para serlo, hay que aceptar personal y libremente la invitación a vivir la vida desde esta experiencia de la fe.
El encuentro con el Señor, es un acontecimiento de gracia, que los padres preparamos con la oración y nuestro propio testimonio. Podemos acompañarlos, aproximándonos con ello a diferentes experiencias que los puedan conducir al encuentro con el Señor, pero la palabra final sobre esta decisión la tienen ellos.
¡Jesús ha Resucitado! es el grito de la noche pascual. Él se encuentra en medio de nosotros, “todos los días hasta el fin del mundo”. No estamos solos en la tarea de comunicar la fe, pidamos al Señor la ayuda necesaria, para que complete la obra que ha iniciado.
Taller
- En pequeños grupos compartir la forma como cada uno está transmitiendo la fe a su familia.
- De muchas maneras podemos tener un encuentro con Cristo vivo: con un testimonio, con una predicación, en una homilía, en un congreso, en una koinonía, etc.. Compartir cómo fue la experiencia de cada uno en particular, porque es dese ese encuentro con el Resucitado que podemos comenzar a transmitir la fe.
- ¿Cómo muestras a Cristo con tu vida? (No tanto palabras sino hechos).
- ¿Cuál ha sido tu mayor obstáculo al transmitir tu fe a tus hijos o en tu entorno?
Bibliografía
Adaptación de un artículo tomado de Casa para tu fe Católica de Fray Nelson Medina.
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Comunidad Hombres y Mujeres de Futuro
Ministerio de Formación
Guía de predicación para Junio 6 – 2012
El encuentro con Cristo
“Y se quedaron con Él aquel día”, (Jn 1, 35-39)
Objetivo:
Recordar que para poder ser cristianos de verdad, es indispensable y primordial vivir un encuentro de fe con la persona de Cristo vivo y resucitado, como nos lo dicen los evangelios.
Introducción:
¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?
Es la primera estrofa de un soneto escrito por el poeta Lope de Vega, en el que hace referencia a la permanente e insistente búsqueda que Jesús hace de cada uno de nosotros. ¿Cómo correspondemos a su actitud?
Desarrollo:
El hecho de encontrarse y quedarse con Jesús es lo que convierte a un hombre en testigo y discípulo de Jesús. Son muchas las consecuencias que se producen en una persona cuando Cristo se cruza en su vida, ya que se presenta una fuerza transformadora que sacude su conciencia y suscita el arrepentimiento y el amor. En resumen, da origen a una nueva criatura porque nace en ella la obediencia, o lo que es lo mismo, la escucha que cambia la vida y da inicio a un auténtico proceso de conversión.
El evangelio de San Juan describe el impacto que produjo la presencia de Jesús en sus primeros discípulos, Juan y Andrés, y la invitación que Jesús les hace: “Vengan y lo verán”, que podemos considerar como la síntesis del método cristiano: reconocer la presencia de Jesucristo y además, seguirlo. Hay hombres de vida sencilla a los que ese encuentro transforma, cambiándoles incluso el nombre como Abraham, porque cuando Cristo se cruza en la vida de una persona, trastorna su historia y sus proyectos, se produce un cambio radical que no admite vacilaciones y que nos encamina por una senda llena de dificultades, pero muy liberadora. Todo el que se encuentra con Jesús VIVO y comprende lo que Él significa en su vida, se siente irresistiblemente empujado, impelido a decirlo, a comunicarlo a los demás. Si no te ha sucedido así, quizá no has tenido un encuentro vivo con Él.
El que se queda solo en el cumplimiento, el que esconde parte de su corazón a la mirada de Cristo, como le ocurrió al joven rico del evangelio, elimina también la posibilidad de un verdadero encuentro con Él, de llegar a contemplar su rostro, como sucedió a varios de sus contemporáneos que lo vieron y oyeron pero no se abrieron a su palabra.
¿De qué modo podemos encontrarnos con Jesús y escuchar su voz? Podemos asegurar que más que encontrar nosotros a Jesús, se trata de dejarnos encontrar por El, como lo describe Lope de Vega. Es Jesús quien se hace misteriosamente presente y pide acogida incluso en el corazón de aquellos que no lo conocen; pero es necesaria una actitud de búsqueda sincera del bien y la verdad para que Jesús, a través de su Espíritu, se haga presente en nuestra vida en forma de gozo, paz, fortaleza, y capacidad para amar y perdonar. Y escuchar su voz significará discernir en cada situación, bajo la acción del Espíritu, lo que es más conforme al evangelio, como son la confianza en el Padre, el respeto y el amor incondicional a los demás, la opción por los pobres, la paz, la solidaridad, y muchas más.
Si bien es cierto que el Espíritu de Dios sopla cuando y donde quiere, también es cierto que hay algunas condiciones que nos permiten experimentar más fácilmente la presencia del Señor y ver más claramente su voluntad. De acuerdo con el Documento de Aparecida (DA), son varios los lugares para ese encuentro con Jesús, pero por ahora nos limitaremos a analizar tres de ellos que son:
- La Sagrada Escritura
- Leída en la Iglesia
- Pastoral bíblica
- Lectio Divina
- La Sagrada Eucaristía
- Sacramento de la reconciliación
La Sagrada Escritura
Jesús nos prometió que estaría siempre con nosotros, “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Y ¿cómo lo hace?, a través de su Palabra, que según Juan Pablo II es como el pan diario y quien carece de él está como muerto y no tiene nada que comunicar a sus hermanos.
La Palabra de Dios leída en la Iglesia es, junto con la Tradición, su fuente de vida y alma de su acción evangelizadora. Es por esto que el Papa Benedicto XVI afirma que hay que educar al pueblo en la lectura y meditación de la Palabra, de tal manera que se convierta en su alimento, para que por su propia experiencia confirme que las palabras de Jesús son espíritu y vida como lo dice el evangelio de Juan.
El Documento de Aparecida nos dice que: Un discípulo de verdad debe nutrirse con el pan de la Palabra, acceder a la interpretación adecuada de sus textos. Es muy importante contar con un espacio para proclamar, conocer e interpretar adecuadamente la Palabra de Dios, lo que exige por parte de toda la Iglesia (obispos, presbíteros, diáconos y laicos), un acercamiento a la Sagrada Escritura no solo con la inteligencia sino con un corazón dispuesto, “hambriento de oír la Palabra de Dios” como dice Amós 8, 11, tarea que corresponde a la “pastoral bíblica”.
La Sagrada Eucaristía
De acuerdo con los documentos del Concilio Vaticano II, debemos hacer énfasis en las múltiples manifestaciones de la presencia de Cristo en la celebración de la Eucaristía. Está presente en el celebrante que renueva en el altar el sacrificio de la cruz. Está presente en los Sacramentos en los que actúa su fuerza eficaz. Está presente en la proclamación de la Palabra, puesto que es Él mismo quien nos habla. Está presente en el corazón de los fieles. Además está presente en la comunidad, como cumplimiento de su promesa, “Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18, 20) y está presente sobre todo bajo las especies eucarísticas; “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él” (Jn 6, 56).
La Eucaristía es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo. Es en la celebración de la Eucaristía en donde se abren nuestros ojos para reconocer a Jesús, quien se hace realmente presente entre nosotros. Es la Eucaristía la que quita la falta de comprensión, refuerza nuestra vocación y nos impulsa a realizar la acción misionera. Por esto debemos darle gran importancia al cumplimiento del precepto dominical en forma individual, familiar y comunitaria. Si no participamos activamente en la celebración eucarística dominical, no alcanzaremos la madurez necesaria de un discípulo y misionero, dice Aparecida. Y Benedicto XVI afirma que, participar en la celebración dominical da al cristiano la energía necesaria para el camino que debe recorrer cada semana. Resulta lógico pensar que quien recibe esta gracia, está en mayor capacidad de amar y de servir al hermano, y que además alimentado con el Pan de Vida queda más fortalecido para enfrentar las pruebas, para encarar el sufrimiento, para contagiar su fe y su esperanza y además para llevar a feliz término la misión, la vocación, que el Señor le otorgue.
Sacramento de la reconciliación
El pecado es la interrupción de la relación filial con Dios; es vivir como si Él no existiera, borrarlo de la propia existencia. Si decimos que no somos pecadores nos engañamos y somos mentirosos (1Jn 1, 8). De acuerdo con lo anterior, reconocerse pecador, es el principio indispensable para volver a Dios, quien, al estilo del padre misericordioso de la parábola, anhela el regreso del hijo, lo abraza cuando llega y alista la mesa para el banquete del re-encuentro con el que celebra la reconciliación.
El sacramento de la reconciliación es el único bote de salvación que tenemos cuando hemos naufragado en el océano del pecado grave. Es el lugar donde el pecador experimenta de manera singular el encuentro con Jesucristo, quien compadecido de nosotros nos da el don de su perdón misericordioso, nos hace sentir que el amor es más fuerte que el pecado cometido, nos libera de todo lo que nos impide permanecer en su amor, y nos devuelve la alegría y el entusiasmo de anunciarlo a los demás con corazón abierto y generoso.
La Iglesia ha dado al sacramento de la reconciliación un carácter terapéutico o medicinal, corroborando las palabras de San Agustín, quien refiriéndose a este sacramento decía: “Yo quiero curar, no acusar”. Es gracias a la medicina de la confesión, que la experiencia del pecado no degenera en desesperación, y es Jesús, el verdadero médico celestial, quien viene a encargarse de nuestros pecados y a acompañarnos, continuando su obra de curación y de salvación.
Conclusiones:
- “Nuestra fe nace del encuentro con Cristo resucitado” dice el Papa Benedicto XVI, y de acuerdo con el papa Juan Pablo II, “La Eucaristía es ocasión privilegiada para un encuentro personal con Cristo”.
- Quien ha vivido un encuentro real con Jesús, se convierte en un ser nuevo, viva imagen de Él. Vive un cambio profundo en la existencia, al experimentar un re-encuentro consigo mismo, con la comunidad y un impulso a salir a la misión en el mundo.
Taller:
- ¿Realmente ya he tenido mi encuentro personal y amoroso con Jesús? Si no, ¿qué voy a hacer para lograrlo?
- ¿Leo a diario la Palabra de Dios? ¿Siento de verdad que es Dios mismo quien me habla e interpela?
- ¿Cuando voy a celebrar el encuentro con Jesús en la Eucaristía lo hago con entusiasmo y devoción?
- ¿Me acerco con frecuencia y con la debida preparación al sacramento de la reconciliación?
Bibliografía:
Documento de Aparecida
La Sagrada Eucaristía, Caballeros de la Virgen
La confesión explicada por el Papa, Juan Pablo II
www.mercaba.org
www.aciprensa.com
