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FUNDACIÓN HOMBRES Y MUJERES DE FUTURO

Tema de predicación Junio 23 - 2021

APRENDED DE MÍ QUE SOY MANSO Y HUMILDE DE CORAZÓN

Lc. 18, 9-14

Objetivo

Profundizar en el conocimiento de la virtud de la humildad y encontrar rasgos significativos que lleven a optar por un cambio de vida.

“Porque todo el que se ensalza será humillado; y el que se humilla será ensalzado” (Lc 1,4)               

Introducción

Jesús es la humildad encarnada. Perfecto en todas las virtudes, Siendo Dios, vivió treinta de sus treinta y tres años en vida oculta, ordinaria, tenido por uno de tantos. Lo extraordinario fue la perfección en que vivió lo ordinario. También sus tres años de vida pública son de perfecta humildad: en todo hacía la voluntad de su Padre. Nunca buscó llamar la atención sobre sí mismo sino dar la gloria al Padre. Al final murió en la cruz, solo, traicionado, humillado, en la nada absoluta, pero habiendo cumplido a cabalidad con la voluntad de su amado Padre.  Jesús nos dijo: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”

Nadie tuvo jamás dignidad comparable a la de Él, nadie sirvió con tanta solicitud a los hombres. Y sigue siendo esa su actitud hacia cada uno de nosotros. Dispuesto a servirnos, a ayudarnos, y a levantarnos de las caídas.

Desarrollo

El mensaje de este texto, lo desarrollaremos en tres ideas centrales:

  1. En Lc 1, 11-12 “El fariseo, de pie oraba en su interior de esta manera: ¡oh Dios! te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana doy el diezmo de todas mis ganancias” 

La falta de humildad se muestra en la susceptibilidad, (el exceso de sensibilidad es un orgullo escondido) en querer ser el centro de atención, en hablar mucho por el gusto de oírse y de que los demás le oigan, siempre tiene algo que decir, que corregir, la imaginación anda a mil por hora y evita que el alma crezca.  Por el orgulloso busca la superioridad ante los demás.

La soberbia consiste en la afirmación aberrante del propio yo. Es el amor desordenado de la propia excelencia.

La persona humilde cuando descubre algo malo en su vida puede corregirlo, aunque le duela. El soberbio al no aceptar, o no ver, ese defecto no puede corregirlo, y se queda con él. El soberbio no se conoce o se conoce mal, como el caso del fariseo.

La soberbia lo contamina todo. Donde hay un soberbio, todo acaba maltratado, la familia, los amigos, el lugar de trabajo.  Exigirá un trato especial porque se cree distinto, mejor, habrá que tener cuidado de herir su susceptibilidad. Su actitud dogmática en las conversaciones, sus intervenciones irónicas, no le importa dejar en mal lugar a los demás por quedar él bien. Todas estas actitudes son manifestaciones de algo más profundo, un gran egoísmo que se apodera de la persona cuando ha puesto el horizonte de la vida en sí misma

El egoísmo, ciega y cierra el horizonte hacia los demás y por supuesto de reconocernos necesitados de Dios. La humildad abre constantemente camino a la caridad mostrada en detalles prácticos y concretos de servicio.  “El primero entre vosotros sea vuestro servidor” Mt 23, 11

Lo opuesto a la humildad es lo que más impide la verdadera felicidad, lo podemos resumir en: orgullo, soberbia, autosuficiencia, vanidad, prepotencia, rebeldía y egoísmo. Es el principal apoyo con que cuenta el demonio en las almas de las personas, para intentar destruir la obra que Espíritu Santo trata incesantemente de edificar.

  1. En Lc, 18, 13-14 “En cambio el publicano manteniéndose a distancia no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ¡oh Dios! ten compasión de mí que soy pecador. Les digo que éste bajó a su casa justificado y aquel nó porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”

“La humildad es la verdad” (Santa Teresa de Ávila) El humilde ve las cosas como son, lo bueno como bueno y lo malo como malo. En la medida en que la persona es más humilde crece una visión más correcta de la realidad.

La palabra humildad viene del latín: 

  • humilitas que significa abajarse y 
  • humus que significa tierra.

Humilde en su etimología, significa inclinado hacia la tierra.

La virtud de la humildad consiste en inclinarse delante de Dios y de todo lo que hay de Dios en las criaturas. En la práctica, nos lleva a reconocer nuestra inferioridad, nuestra pequeñez e indigencia ante Dios.  Quien lucha por ser humilde no busca elogios, ni alabanzas porque su vida está en Dios, Autor de todo bien.

La humildad se manifiesta no en el desprecio sino en el olvido de sí mismo, reconociendo con alegría que no tenemos nada que no hayamos recibido y nos lleva a sentirnos hijos pequeños de Dios.  Él se deleita en los humildes y derrama en ellos sus gracias y sus dones en abundancia.

  1. ¿Cómo llegar a la humildad?
  • Por la gracia de Dios. Solamente la gracia de Dios puede darnos la visión clara de nuestra propia condición y la conciencia de su grandeza que origina la humildad.  Por eso hemos de desearla y pedirla incesantemente, convencidos de que con esta virtud amaremos a Dios y seremos capaces de grandes cosas a pesar de nuestras flaquezas.
  • Aprendemos a ser humildes meditando la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, considerando su grandeza ante tanta humillación, el abandonarse “como cordero llevado al matadero”
  • Escuchándolo en la Sagrada Escritura.
  • Meditando la vida de la Virgen María y uniéndonos a ella en oración. La mujer más humilde y por eso la también la escogida de Dios. La más grande. La esclava del Señor, la que no tuvo otro deseo que el hacer la voluntad de Dios.

¿Cómo releer esto para nosotros hoy?

En este pasaje hay un mensaje espiritual muy importante, y está dado en los grados de la humildad:

  1. Conocerse: La palabra de Dios dice al respecto que es necesaria la humildad para ser sabios “donde hay humildad hay sabiduría” Sin humildad no hay conocimiento de sí mismo y por tanto falta la sabiduría. El publicano se conocía a sí mismo y por eso lograba ver y reconocer su pecado.
  2. Aceptarse: El segundo escalón de la humildad resulta un poco difícil porque la soberbia se rebela a aceptar la propia realidad cuando es fea o defectuosa. Aceptarse no es lo mismo que resignarse, si se acepta con humildad un pecado, un defecto, error o limitación se sabe contra que luchar y hace posible la victoria porque ya no se camina a ciegas, sino que se conoce al enemigo. El fariseo tenía tanta soberbia y prepotencia que no podía reconocer su pecado, pero sí el del publicano. 
  3. Olvido de sí: Muy pocos llegan a este nivel, debido a que la mayoría de la gente vive pesando en sí mismo debido a que el orgullo y la soberbia llevan a que el pensamiento y la imaginación giren en torno al propio yo. El fariseo sólo se vanagloriaba de lo que el hacía y daba.
  4. Darse: Este es el grado más alto de la humildad, porque es superar el egoísmo y si se mata el egoísmo se puede vivir el amor, que es la caridad manifestada en hacer felices a los demás. 

La humildad nos hace reconocer en primer lugar los propios errores y las propias miserias, para luego estar en condiciones de ver con misericordia los defectos de los demás y así, aceptarlos y prestarles ayuda.

Taller

  • ¿Haces lo que sea para buscar la aceptación de los demás?
  • ¿Haces cosas para llamar la atención de los demás?
  • ¿Cuándo sirves, lo haces buscando reconocimiento?