• hambre.jpg
  • limpios.jpg
  • lloran.jpg
  • mansos.jpg
  • misericordiosos.jpg
  • paz.jpg
  • perseguidos.jpg
  • pobres.jpg

Reflexiones

De la Dureza de Corazón a la Sensibilidad

"Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados"

Texto: Mt. 5, 33-37
Virtud: Sensibilidad, quebrantamiento.
Virus:Dureza de corazón.

"También han oído ustedes que se dijo a los antepasados: 'No dejes de cumplir lo que hayas ofrecido al Señor bajo juramento. Pero yo les digo: simplemente, no juren. No juren por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni juren ustedes tampoco por su propia cabeza, porque no pueden hacer blanco o negro ni un solo cabello. Baste con decir claramente ‘si’ o 'no'. Pues lo que se aparta de esto, es malo". (Mt. 5, 33-37)

El consuelo de Dios

El corazón del Padre es incapaz de ver a un hombre o a una mujer agobiada sin llenarlo del más profundo consuelo.

"El Señor atiende al clamor del hombre honrado, y lo libra de todas sus angustias. El Señor está cerca, para salvar a los que tienen el corazón hecho pedazos y han perdido la esperanza. EL hombre honrado pasa por muchos males, pero el Señor lo libra de todos ellos. Él le protege los huesos, ni uno sólo le romperán". (Salmo 34,17-20)

Es allí, en un corazón sensible y quebrantado, donde Dios pone su mirada.

Tanto amó Dios al mundo que nos dio a su propio Hijo para que en Su amor encontráramos el consuelo. La obra de Dios Padre es la consolación; es experto en consolar al más desconsolado, a aquel que está con el corazón hecho pedazos. El Padre, a través de Jesucristo, no consuela colocando pañitos de agua tibia, sino que supera en nosotros la causa del dolor; transforma nuestra tristeza en alegría, arranca de nosotros ese dolor y coloca un bálsamo que transforma totalmente nuestro ser. No sólo nos presta el hombro para que lloremos, sino que nos resucita, nos transforma; en Él se acaba la razón de las lágrimas. Él mismo llena el vacío de nuestro corazón, supera la pérdida y se convierte en nuestra ganancia. La consolación que Dios nos da es su propio amor, es su propio abrazo, un abrazo que nunca acaba.

Jesús recibe del Padre al Espíritu Santo, el consolador, y también lo pide para todo aquel que lo invoque: "El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha consagrado; me ha enviado a dar buenas noticias a los pobres, a aliviar a los afligidos, a anunciar libertad a los presos, libertad a los que están en la cárcel; a anunciar el año favorable del Señor, el día en que nuestro Dios nos vengará de nuestros enemigos. Me ha enviado a consolar a todos los tristes, a dar a los afligidos de Sión una corona en vez de ceniza, perfume de alegría en vez de llanto, cantos de alabanza en vez de desesperación. Los llamarán ‘robles victoriosos’, plantados por el Señor para mostrar su gloria". (Is.61, 1-3)

En Segunda de Corintios 1, 3-4 se encuentra de una manera clara la forma en que Dios consuela: "Alabemos al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, pues él es Padre que nos tiene compasión y el Dios que siempre nos consuela. Él nos consuela en todos nuestros sufrimientos, para que nosotros podamos consolar también a los que sufren, dándoles el mismo consuelo que él nos ha dado a nosotros".

El quebrantamiento

El proceso de quebrantamiento para llegar a la mansedumbre empieza cuando reconocemos nuestra necesidad espiritual, continúa cuando nos dejamos fecundar por la palabra y guiar por el Espíritu y cuando le permitimos al corazón que exprese sus sentimientos con la verdad.

Aquí, además de aceptar las dos primeras Bienaventuranzas, nos hacemos sensibles al sufrimiento de nuestros hermanos. Ya somos sensibles al dolor ajeno. Ya no se nos hace raro llorar con el que llora y reír con el que ríe. Empezamos a ser más sensibles a cada palabra que sale de la boca de Dios.

Jesús en el Sermón de la montaña nos dice: "que vuestro sí sea sí y vuestro no sea no"; es decir, que la verdad esté en nuestros labios siempre, pase lo que pase y sea lo que sea.

El hombre y la mujer que dicen la verdad son transparentes, sinceros, coherentes, auténticos. Son aquellos que lloran sus pecados, se presentan a Dios con corazón compungido y permiten que Jesús seque cada una de sus lágrimas. Son aquellos que entran en la presencia del Resucitado y se dejan consolar con el abrazo del Padre. Son aquellos que muestran su vulnerabilidad.

Una persona sensible y quebrantada, fácilmente deja rodar una lágrima ante el dolor ajeno o ante la infinita misericordia de Dios; igualmente permite que su llanto brote en un momento de arrepentimiento o sanación interior. Ya no importa que lo vean llorar; sabe que el toque de Dios a través de las lágrimas, sana y fortalece el espíritu.

Jesús lloró su propia muerte y luego se abandonó en el Padre. Allí santificó nuestras lágrimas; déjalas entonces que broten libremente al sentir el consuelo del Padre. Ellas irán transformando tu rostro endurecido y adusto, por un rostro quebrantado donde resplandecerá la gloria de Dios.

"Los que siembran con lágrimas, cosecharán con gritos de alegría. Aunque lloren, mientras llevan el saco de semilla, volverán cantando de alegría, con manojos de trigo entre sus brazos" Salmo 126,5-6

La promesa

En esta Bienaventuranza se nos promete la presencia del Espíritu Santo: "...¡Serán consolados!", por el consolador, el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad en quien no hay mentira alguna. Contrario a cuando se refiere al demonio, dice: "Es mentiroso y padre de mentira". Cuando los cristianos mienten la gracia no puede fluir.

Por eso dijo Jesús: "que vuestro sí, sea sí, y que vuestro no sea no, lo que se agrega a esto del maligno viene". Un corazón sensible sólo quiere decir la verdad; es un corazón receptivo y abierto.

Los hombres y las mujeres que aprenden a abrir su corazón y descubren el consuelo del Padre, son ciertamente ¡Felices!

El Virus

El virus que me impide intimar con el Señor, mostrarle mis más profundos sentimientos y ser feliz, es la dureza de corazón.

No es feliz quien endurece su corazón. El corazón se endurece con la mentira. El corazón del que miente se va volviendo cada vez más insensible y un corazón insensible no experimenta el amor de Dios; y el que no experimenta el amor de Dios, muere. Muere porque Él es la vida. No permitió ser consolado con el amor del Padre, aunque el Padre permanentemente está ahí, derramando su amor en un corazón que nunca se abrió para recibirlo. ¡Qué pesar! Puede pasarle como la piedra que está en el río por años y años, y al abrirla está reseca por dentro.

¡Cuántas heridas pueden causar un hombre o una mujer que endurecen su corazón!

El corazón es endurecido básicamente por la mentira que brota de nuestro ser. En la medida que se opta por decir la verdad, se empieza a sentir consuelo, y este consuelo brota del mismo corazón del Padre que es el camino, la verdad y la vida.

Se necesita tener un corazón muy duro para mentir con desfachatez, para mirar a la esposa y decirle, por ejemplo, "tengo que trabajar hasta tarde, no me vayas a llamar a la oficina porque interrumpes una reunión muy importante", cuando realmente no está en la oficina y tiene un programa diferente con otra persona.

Estas mentiras son como una bola de nieve. Se comienza con mentiras pequeñas y a medida que se va endureciendo el corazón, las mentiras y los alcances son cada vez mayores. Nos vamos cerrando cada vez más a la Gracia y expresamos menos los sentimientos por el temor a que descubran la falsedad que hay. En algunas oportunidades tomamos el camino de la agresividad o la seriedad exagerada para esconder estos comportamientos. Los canales por donde se deja fluir el consuelo de Dios están cerrados y si lo están, también está cerrada la vida.

La virtud: un corazón sensible y quebrantado

Tenemos claro, entonces, que la mentira endurece el corazón, y la verdad lo quebranta, lo hace libre. Solamente la presencia de Jesús a través del Espíritu Santo es capaz de romper esa cadena de dureza y muerte espiritual. El Señor dice en su palabra; "Si ustedes se mantienen fieles a mi Palabra... conocerán la verdad y la verdad los hará libres". (Jn.8, 31-32).

El consuelo va de mano con el corazón. Si el corazón está endurecido, los canales del consuelo están taponados. Si el corazón está sensibilizado, la persona recibe con humildad y certeza el consuelo de Dios.

Cuántos miles de lágrimas derraman las madres ante la rebeldía y el mal camino de sus hijos. Y esas lágrimas los han bañado de bendiciones y han triunfado en la vida, y la mayoría de ellos nunca supo quién sembró de bendiciones su vida.

La simple razón, la lógica, no tiene la capacidad de llevarnos a la sensibilidad. Es la cercanía del Espíritu la que transforma un corazón de piedra en un corazón sensible, quebrantado.

Si le suplicas a Dios que te invada con su presencia, con toda seguridad recibirás el bálsamo del amor; en algún momento tus mejillas se humedecerán con lágrimas de gozo al sentir esa presencia vivificadora del Padre.

Secreto: Aceptar el consuelo de Dios y dejar brotar tus lágrimas libremente

Para practicar e interiorizar

  1. Analizar y explicar el texto bíblico 2 Co 1, 3-11, y describir cómo puede ser aplicado en la familia, en la comunidad o en la parroquia.
  2. Describir dos ocasiones en las que se ha sentido el consuelo de Dios y dos en las que se ha consolado a otras personas y cómo se ha hecho.
  3. Establecer una comparación entre la persona que dice la verdad y la persona que dice mentiras.
  4. Realizar una visita a alguna persona necesitada de consuelo: un enfermo, una persona triste, una persona sola etc.