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Reflexiones

Obediencia, tesoro de vida para el adorador

Por Luis Fernando Castro Parra, Teólogo PUJ
 
…El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que más me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él… (Jn 14,21).
 

OBEDIENCIA

Uno de los aspectos o de los valores que más cuesta al ser humano, es someter su voluntad a la orden u autoridad de otras personas. Da trabajo la obediencia. Esto sucede porque a cada persona, le gusta o le interesa, en un sentido propio y egoísta, que le realicen sus tareas o ideas, sin importar que aquellas sean engañosas o puedan crear daño a su vida y a la de los más próximos, como lo es su familia.
 
Vivimos en un tiempo en el que se rechaza todo tipo de autoridad, así como las reglas, las normas en los diferentes ámbitos de la vida social, familiar y/o comunitaria que debemos cumplir. Parece que prima la soberbia, el orgullo, la autosuficiencia. Nos sentimos superiores a los demás, como dueños de todo lo que nos rodea, sin percatarnos que puede causar mucho daño a las personas que amamos o que hacen parte de la vida cotidiana y a nosotros mismos. ¿Cuántos se complican su existencia trayendo tragedia, dolor, angustia, separación a su vida por no obedecer normas o leyes establecidas?
 
Existen reglas o normas que contribuyen a la seguridad física, como lo es un semáforo, un puente o el paso peatonal; normas en las que se busca cumplir lo que se le manda, por ejemplo: el padre de familia enseña a su hijo el sentido de obedecer a las personas mayores; mandatos, leyes que Dios ha proporcionado para preservar la seguridad espiritual en la persona, con el objeto de que pueda transitar por la vida con obediencia y éxito: En esto sabemos que le conocemos: en que guardamos sus mandamientos (1 Jn 2,3). 
 
Sin embargo, esta actitud de rendir la voluntad y el propio juicio al cumplimiento de la norma y a la aceptación de la voluntad establecida por Dios, se dificulta en la persona y en sus relaciones humanas porque se pretexta la defensa de la libertad. No obstante, la libertad va de la mano de la obediencia. El hacer lo que se debe hacer es obediencia: Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él (1Jn 2,6). Esta actitud hace libre a toda persona en cualquier ámbito de su vida. Es decir, que la obediencia junto a la libertad, invita a hacer aquello que, aunque cueste, se hace, y se hace bien, teniendo conciencia de la libertad personal y de aquellos con quien se relaciona (Cf. Mt 26,36-46).
 
La obediencia parte de un proceso que nace de la escucha atenta (ob audire = el que escucha) para dar paso a la acción, provocando una respuesta profunda: ser obediente consiste en que se conozca el por qué es necesario hacer bien las cosas que nos piden. Esto lo afirma el evangelio de Lucas, como Bienaventuranza o dicha gozosa: …Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la obedecen. (Lc 11,28). Quien sabe escuchar, tomará buenas decisiones en su vida, en su familia, en su ministerio y en su labor diaria porque se compromete consigo mismo, pero a su vez con los demás, y en efecto, se hace un hacedor de la voluntad de Dios, que es Buena, perfecta y agradable (Rm 12, 1-.2).
 
Es más lo que se recibe que lo que se puede perder cuando se obedece. Se contrasta el poder con el servir porque con éste trae bendición (genera vida) para sí, como persona e hijo de Dios, como para todos los que le rodean; el poder busca poseer sin tener en cuenta al individuo. Siglos atrás Samuel declaró con valentía delante del pueblo, el cual se había entregado a los sacrificios de animales, que… era mejor obedecer que sacrificar, mejor la docilidad que la grasa de los carneros (1 Sam 15,22b); Pedro y los demás apóstoles, también afirmaron: … es nuestro deber obedecer a Dios antes que a los hombres… (Hch 5, 29). Esto es, que la obediencia implica en diverso grado, la subordinación de la voluntad a una autoridad, pero a su vez un servicio. Éste no se determina por algún afecto que pueda tenerse hacia la persona que autoriza, sino en realizar la tarea o la misión que se encomienda sin pedir nada a cambio: …porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada (1 Jn 3,22).
 
Cultivar la obediencia como valor y desde el corazón exige, en efecto, concentrarse no en hacer bien solamente lo que nos encargan: Dios dijo y lo que dijo lo hizo, y lo hizo bien, sino en saber también escuchar para que la tarea diaria no se convierta en una carga. Si lo que nos han encomendado es pequeño o insignificante para algunos, la tarea y la responsabilidad es hacerlo bien, porque si no se hace bien en lo pequeño, tampoco se hará bien en las tareas grandes que se encomiendan. Pero a su vez, se trata de oír para hacer la voluntad de Dios para vivir: si aceptáis obedecer, lo bueno de la tierra comeréis (Is 1,19); Quien guarda sus mandamientos mora en Dios y Dios en él (1Jn 3,24ª). ¡Eso si dará autoridad, porque provocará transformación!: …por la obediencia de uno todos serán constituidos justos (Rm 5,19).
 
Por lo tanto, la obediencia como valor es un tesoro para el adorador que pide eliminar la visión mediocre de sólo cumplir. Dar un toque final, particular, propio de cada uno a todo lo que se hace, provocará que otros también sean dichosos y puedan tener experiencias novedosas en su vida, en su historia. Colaborar y participar, desde el amor y con responsabilidad en el trabajo productivo de la vida y de la convivencia con otros es valorar el precio de la obediencia (cf. Flp 2,8). Es decir, que como estilo de vida, la obediencia en el adorador transformará la vida donde se formarán corazones sencillos, generosos, que seguirán fielmente las indicaciones dadas por Dios, la autoridad y la norma, como servicio en bien de la familia, la comunidad y la sociedad.
 
En este sentido, la fe no se mide por lo mucho que ores o reces, sino por la obediencia. Eso se llama fidelidad, la cual se puede disfrutar continuamente. La obediencia es el signo o el fruto de la fe. Si hay fe, hay obediencia. ¿Cómo ejercer fe sin autoridad? O ¿Cómo ejercer autoridad sin fe? Si no se obedece, se niega a sí mismo, se pierde la identidad, y en efecto, se niega la vida, la familia y a Dios. Quien obedece es un ser humano de fe que vive a Dios, y se dispone a crecer en excelencia como adorador haciendo la voluntad divina de forma íntegra. 
 
Pidámosle a Dios que por la Gracia del Espíritu Santo y la intercesión de la Virgen María, mujer obediente de la voluntad de Dios, nos conceda un corazón obediente, dócil, el cual disfrute de aquello que produce bien a sí mismo, como también alegría y vida a los demás, con el fin de hacer de nuestra existencia un diario vivir más sencillo, agradable, satisfactorio y consciente para todos.