Comunidad Hombres y Mujeres de Futuro
Ministerio de Formación

Guía de predicación para Junio 6 – 2012

El encuentro con Cristo 

“Y se quedaron con Él aquel día”, (Jn 1, 35-39)

Objetivo:

Recordar que para poder ser cristianos de verdad, es indispensable y primordial vivir un encuentro de fe con la persona de Cristo vivo y resucitado, como nos lo dicen los evangelios. 

Introducción:

¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?
 

Es la primera estrofa de un soneto escrito por el poeta Lope de Vega, en el que hace referencia a la permanente e insistente búsqueda que Jesús hace de cada uno de nosotros. ¿Cómo correspondemos a su actitud?

Desarrollo:  

El hecho de encontrarse y quedarse con Jesús es lo que convierte a un hombre en testigo y discípulo de Jesús. Son muchas las consecuencias que se producen en una persona cuando Cristo se cruza en su vida, ya que se presenta una fuerza transformadora que sacude su conciencia y suscita el arrepentimiento y el amor. En resumen, da origen a una nueva criatura porque nace en ella la obediencia, o lo que es lo mismo, la escucha que cambia la vida y da inicio a un auténtico proceso de conversión.  

El evangelio de San Juan describe el impacto que produjo la presencia de Jesús en sus primeros discípulos, Juan y Andrés, y la invitación que Jesús les hace: “Vengan y lo verán”, que podemos considerar como la síntesis del método cristiano: reconocer la presencia de Jesucristo y además, seguirlo. Hay hombres de vida sencilla a los que ese encuentro transforma, cambiándoles incluso el nombre como Abraham, porque cuando Cristo se cruza en la vida de una persona, trastorna su historia y sus proyectos, se produce un cambio radical que no admite vacilaciones y que nos encamina por una senda llena de dificultades, pero muy liberadora. Todo el que se encuentra con Jesús VIVO y comprende lo que Él significa en su vida, se siente irresistiblemente empujado, impelido a decirlo, a comunicarlo a los demás. Si no te ha sucedido así, quizá no has tenido un encuentro vivo con Él.

El que se queda solo en el cumplimiento, el que esconde parte de su corazón a la mirada de Cristo, como le ocurrió al joven rico del evangelio, elimina también la posibilidad de un verdadero encuentro con Él, de llegar a contemplar su rostro, como sucedió a varios de sus contemporáneos que lo vieron y oyeron pero no se abrieron a su palabra. 

¿De qué modo podemos encontrarnos con Jesús y escuchar su voz? Podemos asegurar que más que encontrar nosotros a Jesús, se trata de dejarnos encontrar por El, como lo describe Lope de Vega. Es Jesús quien se hace misteriosamente presente y pide acogida incluso en el corazón de aquellos que no lo conocen; pero es necesaria una actitud de búsqueda sincera del bien y la verdad para que Jesús, a través de su Espíritu, se haga presente en nuestra vida en forma de gozo, paz, fortaleza, y capacidad para amar y perdonar. Y escuchar su voz significará discernir en cada situación, bajo la acción del Espíritu, lo que es más conforme al evangelio, como son la confianza en el Padre, el respeto y el amor incondicional a los demás, la opción por los pobres, la paz, la solidaridad, y muchas más.

Si bien es cierto que el Espíritu de Dios sopla cuando y donde quiere, también es cierto que hay algunas condiciones que nos permiten experimentar más fácilmente la presencia del Señor y ver más claramente su voluntad. De acuerdo con el Documento de Aparecida (DA), son varios los lugares para ese encuentro con Jesús, pero por ahora nos limitaremos a analizar tres de ellos que son:

  • La Sagrada Escritura
    • Leída en la Iglesia
    • Pastoral bíblica
    • Lectio Divina
  • La Sagrada Eucaristía
  • Sacramento de la reconciliación

La Sagrada Escritura

Jesús nos prometió que estaría siempre con nosotros, “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Y ¿cómo lo hace?, a través de su Palabra, que según Juan Pablo II es como el pan diario y quien carece de él está como muerto y no tiene nada que comunicar a sus hermanos.

La Palabra de Dios leída en la Iglesia es, junto con la Tradición, su fuente de vida y alma de su acción evangelizadora. Es por esto que el Papa Benedicto XVI afirma que hay que educar al pueblo en la lectura y meditación de la Palabra, de tal manera que se convierta en su alimento, para que por su propia experiencia confirme que las palabras de Jesús son espíritu y vida como lo dice el evangelio de Juan.  

El Documento de Aparecida nos dice que: Un discípulo de verdad debe nutrirse con el pan de la Palabra, acceder a la interpretación adecuada de sus textos. Es muy importante contar con un espacio para proclamar, conocer e interpretar adecuadamente la Palabra de Dios, lo que exige por parte de toda la Iglesia (obispos, presbíteros, diáconos y laicos), un acercamiento a la Sagrada Escritura no solo con la inteligencia sino con un corazón dispuesto, “hambriento de oír la Palabra de Dios” como dice Amós 8, 11, tarea que corresponde a la “pastoral bíblica”.

La Sagrada Eucaristía

De acuerdo con los documentos del Concilio Vaticano II, debemos hacer énfasis en las múltiples manifestaciones de la presencia de Cristo en la celebración de la Eucaristía. Está presente en el celebrante que renueva en el altar el sacrificio de la cruz. Está presente en los Sacramentos en los que actúa su fuerza eficaz. Está presente en la proclamación de la Palabra, puesto que es Él mismo quien nos habla. Está presente en el corazón de los fieles. Además está presente en la comunidad, como cumplimiento de su promesa, “Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18, 20) y está presente sobre todo bajo las especies eucarísticas; “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él” (Jn 6, 56).

La Eucaristía es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo. Es en la celebración de la Eucaristía en donde se abren nuestros ojos para reconocer a Jesús, quien se hace realmente presente entre nosotros. Es la Eucaristía la que quita la falta de comprensión, refuerza nuestra vocación y nos impulsa a realizar la acción misionera. Por esto debemos darle gran importancia al cumplimiento del precepto dominical en forma individual, familiar y comunitaria. Si no participamos activamente en la celebración eucarística dominical, no alcanzaremos la madurez necesaria de un discípulo y misionero, dice Aparecida. Y Benedicto XVI afirma que, participar en la celebración dominical da al cristiano la energía necesaria para el camino que debe recorrer cada semana. Resulta lógico pensar que quien recibe esta gracia, está en mayor capacidad de amar y de servir al hermano, y que además alimentado con el Pan de Vida queda más fortalecido para enfrentar las pruebas, para encarar el sufrimiento, para contagiar su fe y su esperanza y además para llevar a feliz término la misión, la vocación, que el Señor le otorgue.

   Sacramento de la reconciliación

El pecado es la interrupción de la relación filial con Dios; es vivir como si Él no existiera, borrarlo de la propia existencia. Si decimos que no somos pecadores nos engañamos y somos mentirosos (1Jn 1, 8). De acuerdo con lo anterior, reconocerse pecador, es el principio indispensable para volver a Dios, quien, al estilo del padre misericordioso de la parábola, anhela el regreso del hijo, lo abraza cuando llega y alista la mesa para el banquete del re-encuentro con el que celebra la reconciliación.  

El sacramento de la reconciliación es el único bote de salvación que tenemos cuando hemos naufragado en el océano del pecado grave. Es el lugar donde el pecador experimenta de manera singular el encuentro con Jesucristo, quien compadecido de nosotros nos da el don de su perdón misericordioso, nos hace sentir que el amor es más fuerte que el pecado cometido, nos libera de todo lo que nos impide permanecer en su amor, y nos devuelve la alegría y el entusiasmo de anunciarlo a los demás con corazón abierto y generoso.

La Iglesia ha dado al sacramento de la reconciliación un carácter terapéutico o medicinal, corroborando las palabras de San Agustín, quien refiriéndose a este sacramento decía: “Yo quiero curar, no acusar”. Es gracias a la medicina de la confesión, que la experiencia del pecado no degenera en desesperación, y es Jesús, el verdadero médico celestial, quien viene a encargarse de nuestros pecados y a acompañarnos, continuando su obra de curación y de salvación.   

Conclusiones: 

  1. “Nuestra fe nace del encuentro con Cristo resucitado” dice el Papa Benedicto XVI, y de acuerdo con el papa Juan Pablo II, “La Eucaristía es ocasión privilegiada para un encuentro personal con Cristo”.  
  2. Quien ha vivido un encuentro real con Jesús, se convierte en un ser nuevo, viva imagen de Él. Vive un cambio profundo en la existencia, al experimentar un re-encuentro consigo mismo, con la comunidad y un impulso a salir a la misión en el mundo.

 Taller:

  1. ¿Realmente ya he tenido mi encuentro personal y amoroso con Jesús? Si no, ¿qué voy a hacer para lograrlo?
  2. ¿Leo a diario la Palabra de Dios? ¿Siento de verdad que es Dios mismo quien me habla e interpela?
  3. ¿Cuando voy a celebrar el encuentro con Jesús en la Eucaristía lo hago con entusiasmo y devoción?
  4. ¿Me acerco con frecuencia y con la debida preparación al sacramento de la reconciliación?

 Bibliografía:

Documento de Aparecida
La Sagrada Eucaristía, Caballeros de la Virgen
La confesión explicada por el Papa, Juan Pablo II
www.mercaba.org
www.aciprensa.com