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FUNDACIÓN HOMBRES Y MUJERES DE FUTURO
 TEMA PREDICACIÓN

Julio 21 - 2021

DIOS MIRA A LOS HUMILDES Y SE INCLINA ANTE ELLOS

(Sal 138,6 – 113,6s)

Objetivo

Recordar que la humildad es condición imprescindible en el camino a la eternidad.

Introducción

El fin último del ser humano es volver al Padre, volver a Casa, a los brazos del Padre.

Jesús nos ha dicho que Él es el Maestro, y el Camino, así que se convierte en el espejo en el que nos debemos mirar para estar seguros de no desviarnos. ¿Cuál fue el secreto de Jesús? La humildad. Su ser humilde durante toda su vida le permitió salir victorioso ante el pecado y la muerte.

Desarrollo

La palabra humildad en el mundo está muy desprestigiada. Socialmente ser humilde es carecer de bienes materiales o pertenecer a una “clase social” de escasos recursos, pero esta definición está muy lejos de lo que es la humildad para Dios.

En la Biblia se nos muestra la humildad como la condición de la criatura ante su creador omnipotente, con una actitud permanente de sumisión confiada a su Gracia y a su Palara

La persona verdaderamente humilde es la que vive con una actitud “como de indigencia”, siempre con la mano extendida hacia Dios. Tenga lo que tenga, se siente totalmente necesitado y dependiente de Dios. Sabe su que su sustento proviene de la providencia Divina, sea cual fuere el canal por donde llegue (Empleo, oficio etc.). El humilde vive para hacer la voluntad de Dios en su vida, sale permanentemente de sí mismo para ir a su prójimo y amarlo como Jesús nos amó.

Miremos algo de lo que nos dice la Palabra de Dios respecto a la Humildad.

  • “Las raíces de los orgullosos las arrancó el Señor, y en su lugar plantó a los humildes.” (Eclo 10,15)
  • “Oráculo de Yahveh -. Y ¿en quién voy a fijarme?  En el humilde y contrito” (Is. 66,2)
  • “El orgullo del pobre lo humillará; el humilde de espíritu obtendrá honores”. (Prov. 29,23)
  • “El deseo de los humildes escuchas tú, Yahveh, su corazón confortas, alargas tus oídos”. (Sal 10,17)
  • “Yo habito en la altura y la santidad, pero habito también con el quebrantado y humilde de espíritu, para reavivar el espíritu de los humildes” (Is 57,15)

El orgullo, que es el enemigo mortal de la humildad, es el cáncer del alma. El orgullo nos enferma la mente y el espíritu. Nos aleja del Camino y nos pone en la ruta de la muerte eterna.

El orgulloso no reconoce suficientemente su necesidad espiritual. El orgulloso fácilmente puede decir “yo me basto a mí mismo”, no necesito de nadie, soy muy bueno, ni robo, ni mato, no cometo pecado”. El problema mayor es que cierra el corazón al amor del Padre y si cierra el corazón al amor del Padre cierra el corazón a la Vida. Está muerto y muchas veces no se da cuenta.

El orgullo viene muy maquillado, casi no se le descubre, pero puede tener invadida la persona. Toda su altivez, su prepotencia y su soberbia cuenta con un poder de camuflaje increíble. Es algo así como un lobo disfrazado de oveja. Por eso la persona, a veces, se siente dueña de su familia, dueña de sus hijos, de sus negocios, pero realmente es amo y señor de nada. Las palabras perdón, lo siento, me avergüenza lo que dije, no existen en su vocabulario. Hay quienes dicen: Yo no me arrepiento ni de lo que digo ni de lo que hago. Más bien se sienten orgullosos de su apellido, de sus títulos, de su figura, de…

El orgulloso con frecuencia no acepta el aporte de los demás, descarta cualquier sugerencia sólo porque no se le ocurrió a él.
La persona orgullosa vive pendiente de las apariencias y del qué dirán, necesita sentir que ocupa los primeros lugares, y que tiene lo que hay que tener para pertenecer a “la clase” que justifica plenamente su orgullo. Esto mismo hace que cuando se ve en necesidad, le sea extremadamente difícil recibir. El orgulloso debe aprender a recibir con humildad.

Conclusión

Aunque el Señor está en lo alto,
se fija en el hombre humilde,
y de lejos reconoce al orgulloso. (Sal 138,6)

Confrontemos permanentemente nuestra vida, nuestras intenciones para saber si lo que nos mueve es egoísmo, el reconocimiento, deseo de quedar bien o un deseo genuino de servir como Cristo nos sirve y nos ama.

Digamos con el salmo:

¿Quién subirá al monte de Yahveh?, ¿quién podrá estar en su recinto santo? El de manos limpias y puro corazón, el que a la vanidad no lleva su alma, (Sal 24,3-4)

Es decir, aquél cuyo actuar es transparente y sus intenciones han sido purificadas por el Señor, el que ha logrado deponer su orgullo, ese, ese será el bendecido por el Señor.